Introducción

El trabajo de la piedra se inició, de un modo muy rudimentario, ya en la Prehistoria con la arquitectura megalítica, continuándose esencialmente en las innumerables construcciones de Egipto y en la revolución estética griega, alcanzando su cénit en la arquitectura romana. Durante la República y el Imperio Romano se consolidó la técnica de la cantería. Así, mediante el empleo de operarios altamente especializados, con una estricta formación, y la utilización de herramientas muy perfeccionadas, se estuvo en disposición de levantar grandes monumentos. Sin embargo, la caída del Imperio Romano supondría para Occidente un largo período de decadencia de la arquitectura. Su descomposición interna, la llegada de los germanos y su definitiva disolución en el año 476 impusieron un nuevo orden occidental basado en la división política, la disminución de las comunicaciones y el declive de los recursos, lo cual trajo como inevitable consecuencia la interrupción de las grandes obras de piedra.
La población se desplazó al campo y las antiguas ciudades romanas perdieron importancia. Tampoco la nobleza ni el nuevo poder emergente, la Iglesia, se encontraba en disposición de llevar a cabo proyectos excesivamente costosos, por lo que la arquitectura del momento debió limitarse a obras de tradición germánica o de raíz popular basadas en la utilización de materiales pobres y perecederos: el barro y la madera. Durante la alta Edad Media la tónica general europea consistió en el empleo de la madera, con la consiguiente decadencia de la técnica de la cantería. Tanto fue así, que las primeras abadías cristianas medievales de Francia se vieron en la necesidad de emplear, para su construcción, materiales pétreos reaprovechados de antiguas villas romanas, como fue el caso de la abadía de Jouarre, del siglo VII.
Pero también los castillos, símbolos inmemoriales del poder feudal se construyeron durante la alta Edad Media en madera. Por otro lado, se sabe, por hallarse dibujados en miniaturas medievales que estos castillos ligneos se cubrían de pieles de animales húmedas para impedir que fueran incendiados. De este tipo existieron algunos en la zona pirenaica española durante la época altomedieval. A partir del siglo X se produce en Europa el paso progresivo de la madera a la piedra, aunque en principio no se hace sino trasponer las primitivas formas de los edificios de madera de las construcciones con el nuevo material. Este cambio se aprecia previamente en las obras militares; así, en el siglo X, se construyen ya en piedra el Château Coudray (Francia) o las fortalezas de Rüdesheim sobre el Rhin (Alemania).

Técnicas constructivas y estilos medievales

Cómo se produjo este cambio de materiales y, por consiguiente,de formas constructivas, resulta una cuestión compleja de resolver. Los historiadores conceden gran importancia a las grandes invasiones, que entre los siglos VIII al X, asolaron Europa, produciendo importantes destrucciones y un clima generalizado de inseguridad. Los musulmanes por el sur, los húngaros por el este y los normandos desde el norte protagonizaron el sistemático desvanecimiento del continente, generando profundas transformaciones sociales.
Los edificios de madera fueron fácil presa de las llamas y la destrucción, siendo ésa posiblemente la causa principal del cambio constructivo. En este contexto, vemos surgir, durante el siglo XI, un nuevo estilo arquitectónico, el románico, que fundamentado en la piedra, contrastará fuertemente con las débiles estructuras de tiempos anteriores. En la adopción de la nueva arquitectura pétrea debió incidir no solo el conocimiento de las ruinas romanas, sino también la herencia de cierta literatura técnica de la Antigüedad. Es bien sabido que, durante la Edad Media, se conocían y manejaban algunos libros clásicos. Es el caso de la obra de Vitruvio: De Architectura Libri Decem (Los diez libros sobre arquitectura), de Varrón (116-27 a.C.): Las Antigüedades, de Plinio el Viejo (23-79 d.C.): Historia Natural y de san Isidoro (560-636): Etimologías. No obstante, los textos aportados por estas obras, aunque muy generales, y de escaso valor técnico, tuvieron el mérito de dar a conocer la Antigüedad Clásica al mundo medieval. Solo la obra anónima conocida como Mappae Clavicula, con sus dos versiones de los siglos X y XII, nos proporciona datos técnicos al tratar de la manera de construir de los cimientos de puentes y edificios, obra basada sin duda en la tradición antigua.
Existen documentos del medievo que hablan de los picapedreros altomedievales, especialmente de los franceses, que ya en el siglo VII debieron tener gran fama, a juzgar por el dato de que, en el año 685, se llamara ex profeso a algunos canteros galos para construir Jarrow (Inglaterra). Esto no es de extrañar, si consideramos que varios textos del siglo X nos informan de que estos operarios trabajaban la piedra more antiquorum —según la costumbre de los antiguos—, expresión que revela claramente los orígenes romanos de esta técnica. Así, el estilo de ámbito europeo que extendió el uso de la piedra fue el románico, constituyendo también el origen de las logias de canteros que alcanzarían su apogeo en el período gótico. La propia palabra románico evoca sus relaciones con lo romano, patente en el empleo, tanto de los materiales, como de los elementos constructivos de la arquitectura clásica, si bien esto se hizo transformando la esencia espacial de los edificios otorgándoles una nueva función, fundamentalmente religiosa o militar.
El primer románico o románico lombardo, un estilo nacido en Lombardía (Italia), tomó algunos elementos arquitectónicos romanos, realizando al principio sus obras en ladrillo. Durante el siglo XI, los canteros lombardos (magistri comacini) salieron de Italia, extendiendo su estilo y sustituyendo el ladrillo, por un tipo de piedra que lo imitaba: el sillarejo irregular, pequeñas piezas de piedra, similares a un ladrillo plano, conseguidas trabajándolas a martillo; sirven como ejemplo de su trabajo las obras que realizaron en los Pirineos. Pero la recuperación de la piedra sillar, tal y como la entendían los romanos, fue obra del denominado románico clásico o segundo románico (siglos XI al XIII). Éste se basó en la utilización de un tipo de piedra tallada en bloques cúbicos, encuadrados en forma de paralelepípedo —llamados sillares— con los que luego se fabricaban los muros, colocándolos unos sobre otros, lo que los romanos denominaban opus quadratum, es decir obra cuadrada.
Junto al nuevo material, también resucitaron ciertos elementos constructivos romanos: los pilares, las columnas adosadas, el arco de medio punto y los sistemas de abovedamiento. El cubrimiento de un edificio con piedra fue otro de los grandes logros del románico. En la Edad Media, la mayor parte de las edificaciones se techaban con madera, e incluso muchas del primer románico seguían haciéndose de este modo. A partir del siglo XI es cuando se generalizan las bóvedas en piedra, tras abundantes intentos de evitar que muchas de estas construcciones se hundieran. Pero la arquitectura románica, debido al enorme peso de sus bóvedas, se vio obligada a disponer de gruesos muros para sustentarlas, lo que impedía la apertura de vanos de iluminación en gran numero y tamaño. Esto determinó la oscuridad que dominaba en los edificios, especialmente en las iglesias. Tiempo después la arquitectura gótica, aun continuando con la utilización de piedra sillar, idearía un original sistema constructivo que configuraba un espacio diferente. En efecto, entre los siglos XII al XV se extendió por Europa el nuevo estilo gótico, basado en el empleo del arco apuntado y la bóveda de crucería. Mediante estos elementos, el peso de las bóvedas quedaba solo concentrado en los pilares, sujetos desde el exterior por los arbotantes y contrafuertes, posibilitando de este modo la eliminación del muro y su sustitución por vidrieras. Todo ello dará como resultado la creación en su interior de un nuevo ambiente místico, inundado de luz.

Escala social de los canteros

Protagonistas de los cambios arquitectónicos mencionados fueron sin duda los canteros, operarios que trabajaban la piedra dándole la forma adecuada para la construcción. Pero no hay que pensar en ellos como simples trabajadores que realizaban una actividad repetitiva y monótona, sino en personas que llevaban a cabo una excepcional tarea de creación artística. En este sentido, destacan especialmente los maestros de obras, que podemos equiparar con los actuales arquitectos. Ahora bien ¿qué lugar ocupaban estos grupos de canteros en la sociedad de su tiempo?, ¿cuáles eran sus condiciones de vida?. La sociedad feudal había girado en torno a tres órdenes o clases sociales: el clero, la nobleza y los siervos. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta estructuración tripartita de la sociedad se fue haciendo cada vez más compleja. El desarrollo de las ciudades, especialmente a partir del siglo XI, produjo la diferenciación del tercer orden con la aparición de diferentes oficios y ocupaciones urbanas, pero manteniéndose en todo momento, para estos grupos, la condición de no privilegiados en contraposición a la nobleza y a la Iglesia. En este orden de cosas, el oficio de cantero va a tener un carácter especial, alcanzando gran prestigio social. No hay que olvidar que éstos eran los receptores de las técnicas clásicas del trabajo de la piedra sillar, por ellos mismos confeccionadas. Su trabajo se encontraba así muy por encima de los constructores de edificios de madera o de los vulgares albañiles que realizaban casas de adobe o mampostería. Iglesias, catedrales, monasterios, castillos o palacios debían ser levantados por los canteros. Las clases speriores, constituia su clientela.
Por las especiales características de su actividad, sus desplazamientos eran abundantes debiendo trabajar en distintos lugares. Por eso, desde muy temprano, se les concedió libertad de movimientos en un mundo donde la fijación a la tierra era obligada para cualquier persona perteneciente al tercer orden. En esta itinerancia ven algunos investigadores un factor de la unidad de estilos, presente tanto en el románico como en el gótico, pues a menudo las logias, las cuadrillas de canteros o los propios maestros trabajaban en varias zonas de un mismo reino o en varios países distintos. Por otro lado muchos son los maestros franceses conocidos que trabajaron fuera de sus fronteras: Lafranc de Caen en Canterbury en el siglo XI; los Rudolf, padre e hijos, en Estrasburgo (antes Alemania), en el siglo XIII; también en este siglo, Villard de Honnecourt se encuentra en Hungría, Bernard en Tarragona, Petrus Petri en Burgos y, en el siglo XIV, Pierre Moret en Palma de Mallorca, Jacques Perut en Pamplona y Bonaventura Nicolas en Milán.
Durante la Edad Media, la creciente importancia de la religión produjo la multiplicación de los días de fiesta de la Iglesia, a los que se sumaban innumerables celebraciones locales; de este modo, existían anualmente entre 30 y 40 fiestas de obligado cumplimiento, además de los domingos, con lo que se reducían considerablemente los días de trabajo efectivo por año. Esto obligó, cuando la urgencia de la construcción lo aconsejaba, a utilizar el sistema de destajo, practicado sobre todo en las construcciones militares, pero también en numerosos edificios religiosos. Por lo demás, normalmente, se cobraba por semana trabajada, en la que podía o no incluirse el sábado, que en ocasiones era festivo y pagado. El horario de trabajo diario variaba del invierno al verano: para el invierno se empleaba ⅔ del horario de verano, es decir, unas ocho horas en la temporada invernal y unas doce en la estival, en la que el mayor número de horas de sol así lo permitía; además solía dejarse entre una y dos horas para la comida. En algunos lugares donde el frío era intenso en el invierno, la construcción quedaba prácticamente paralizada durante esa estación; se despedía a los jornaleros y tan solo algunos canteros permanecían trabajando, resguardados en la logia, especie de cobertizo situado a pie de obra.
Aparte de los canteros constituyentes de las logias y de los trabajadores fijos de otros oficios, la construcción reclutaba trabajadores locales. Unas veces eran jornaleros o braceros a sueldo que combinaban sus labores agrícolas con los de la peonía en la construcción; en estas ocasiones, el señor, la iglesia o el monasterio que sufragaba las obras realizaba levas obligatorias entre sus siervos, en cumplimiento de sus derechos señoriales que les facultaban para exigir «prestaciones personales» o, dicho de otro modo, trabajos inexcusables que los siervos debían al señor durante un determinado número de días al año.
Como las obras de los grandes edificios duraban muchos años, con frecuencia gran parte de la vida del maestro, el firmar un contrato a largo plazo donde se acordara una cantidad de dinero fijo como pago podía acarrear inconvenientes económicos, ya que se corría el riesgo de que los precios subieran mucho en ese período, mientras que el salario se estancaba. Para evitar estos problemas de inflación, los constructores a menudo preferían cobrar parte de su paga en metálico y la otra parte en especie. Los salarios de los trabajadores de la construcción eran más elevados que los de otros artesanos y su nivel de vida también, aunque, por supuesto, dentro de una obra existían muy diversas categorías salariales. Es necesario apuntar que el nivel de vida de los trabajadores de la construcción se elevó en Europa a lo largo de la Edad Media; en concreto, durante el período comprendido entre mediados del siglo XIII y principios del XVI, el poder adquisitivo creció constantemente, para bajar a partir de la última fecha. El motivo de este descenso hay que buscarlo en el cambio de mentalidad impuesto por el Renacimiento, el punto final a la edificación de las grandes catedrales góticas y la disminución en el ritmo de construcción de castillos.

División técnica de los canteros

Durante la Edad Media, según los documentos conservados, no existe una clara distinción entre canteros y escultor, ambos considerados trabajadores de la piedra. Los términos latinos artifex y operarius se utilizan indistintamente. La variedad de expresiones aplicadas a los trabajadores de la piedra fueron frecuentes en los distintos países europeos. En Inglaterra, en concreto Londres (1213), se empleaban de igual modo las expresiones lathomus liberarum petrarum (tallista de piedras francas) y sculptor lapidum liberorum, según se escogiera la palabra de derivación griega lathomus (picar piedra) o la latina sculpo, de similar traducción. Otras expresiones dadas a los canteros eran las de magister lapidum y scarpellator. Esta terminología no es nada sorprendente, pues muchos maestros eran a la vez arquitectos y escultores, así como los canteros, que realizaban igualmente sillares para los muros y piezas provistas de decoración escultórica. Sin embargo, durante la Edad Media, el término «arquitecto» no suele utilizarse. Los nombres para designar a los maestros van desde lapiscida, lapicida o sculptor, hasta magister operis (maestro de obras) o magister fabricae (maestro de fabrica), todos ellos contenidos en un documento que trata de una reunión que tuvo lugar en la catedral de Gerona en el año 1470. A veces se le llamaba simplemente maestro masón; así, puede leerse en la basílica colegiata de San Isidoro de León, sobre la tumba de Doña Sancha (siglo XIII), la firma de un artista, posiblemente francés, cuyo nombre ha desaparecido, que dice: MESTRE MASON ME FIST (maestro masón me hizo). En Alemania también se utilizó el término gubernator (gobernador) o ingeniator (ingeniero), esta última designación era solo empleada para los constructores de castillos. En Francia, sin embargo, encontramos la expresión doctor latomorum (doctor en cantería); así la vemos en la tumba de Pierre de Montreuil, en Saint-Germain des Prés.
El cometido técnico del maestro masón o arquitecto medieval era el diseño de edificios y la dirección de sus obras. También se hallaban instruidos en el Quatrivium y que, por lo tanto, sus conocimientos de matemáticas y geometría eran extensos; valiéndose de ellos, dibujaban los edificios, parte por parte, utilizando fundamentalmente círculos, cuadrados, triángulos equiláteros y rombos. Algunos trabajaban directamente sobre el suelo de la obra, pues se han descubierto agujeros en los que se colocaban estacas de madera para tirar cordeles, y así trazar las zonas a construir. Pero también hay indicios de que los maestros realizaban previamente los planos y alzados de las construcciones a edificar, como lo hacen los modernos arquitectos. Aunque muy pocos son los dibujos que han llegado de la Edad Media hasta nosotros. Tan solo contamos con el plano del monasterio de San Gallen (Suiza), del siglo IX, y el excepcional Cuaderno de Villard de Honnecourt, del siglo XIII, único libro práctico de arquitectura medieval que se conserva. En él recoge el autor apuntes sobre obras al parecer ya construidas, de las que representa planos y alzados, así como sistemas de diseño geométrico, tanto para arquitectura como para escultura, además de algunas maquinarias empleadas en construcción, todo ello acompañado de textos explicativos. Su testimonio puede acercarnos a los conocimientos que los arquitectos de la época debían poseer.
Por otra parte, estos maestros no solían trabajar de forma aislada, sino que a menudo estaban en contacto con otros arquitectos. Algunas veces, las tareas del maestro arquitecto no terminaban con el diseño y ejecución del edificio, sino que se extendían a todas las actividades del trabajo de construcción: poseía las canteras, controlaba el transporte, e incluso se aseguraba la fabricación y el comercio de los materiales. Otra categoría la componían los masones llamados compañeros u oficiales. Expertos conocedores de los procedimientos técnicos de su oficio, eran los operarios que desarrollaban el trabajo de la piedra, guiándose por los dibujos y planos del maestro.
Una primera división de estos masones nos hace distinguir dos ocupaciones diferentes, en efecto, en las construcciones había que tallar las piedras para darles la forma adecuada, y esto lo hacían los canteros, pero también con esas piedras debían construir los muros y levantar los pilares, así como las bóvedas y todos los elementos del edificio, y esta tarea la llevaba a cabo los albañiles propiamente dichos. La existencia de estos dos tipos de obreros viene atestiguada por su aparición en diferentes documentos. Así, por ejemplo, en Francia, durante el siglo XII, el cantero recibe el nombre de caesor lapidum (cortador de piedras),y en Inglaterra, en el siglo XIII, se le llamaba lathomus. A partir del siglo XIV se extienden los términos cementarius, cubitores o positores, aplicados a los operarios que colocaban las piedras, a los auténticos albañiles. Estas palabras encontraron transcripción a diferentes idiomas: de este modo, los canteros son llamados tailleurs de pierre en francés, y hewers en inglés, mientras los albañiles se denominaban asseyeurs y layers, respectivamente. Dentro de los canteros o tallistas de piedra, puede no obstante distinguirse un grupo que desarrolla labores de mayor complejidad y a los que la investigación actual ha dado en llamar canteros especialistas. Así, al estudiar los signos lapidarios, se han encontrado marcas correspondientes a canteros que solo realizaban trabajos de gran especialización o próximas a la escultura, como dovelas, plementos de bóveda, piezas curvas, fustes, basas de columnas, molduras, etc. Estos coincidirían con los términos free-mason o franc-maƧon de los documentos, y otros canteros (conocidos por el nombre de rough-mason) que tallaban exclusivamente los sillares dedicados al levantamiento de los muros.
Tanto canteros como albañiles con la categoría de oficial se veían a veces asistidos en su trabajo por ayudantes, que los documentos citan como famuli, y que constituían una mano de obra compuesta por peones locales reclutados temporalmente por la logia. Estos ayudaban al transporte de las piedras, materiales de todo tipo y herramientas, así como al desarrollo de actividades para las que no se necesitaba cualificación alguna. En cuanto a la última categoría, la de los aprendices, trabajaban ayudando mientras aprendían en la obra. Pero, además, cada aprendiz debía ser tutelado por un maestro u oficial que se encargaba de su formación. La actividad de los aprendices era, en efecto, seguida estrictamente, pues de ellos dependía el futuro de la profesión. Así, en principio, se les encomendaban tareas sencillas, que iban aumentando en dificultad según avanzaba el aprendizaje, y algunos llegaban a tallar piezas en las que colocaban su marca junto a la del oficial que fuera su tutor.

La extracción de la piedra en la cantera

La explotación de las canteras de piedra para las construcciones medievales eran realizadas por los picapedreros, dirigidos por un maestro de cantería. Generalmente eran trabajadores sin mucha preparación, elegidos entre la población del lugar, aunque a veces constituían logias que colocaban sus propios signos en las piedras. Los canteros solían ubicarse, tras haberse rastreado la zona, en un lugar próximo al edificio por construir; pero en determinados casos, aquellas que alcanzaban gran importancia por la calidad de la piedra, la exportaban a otras zonas más o menos alejadas. Antes de iniciarse la construcción, el maestro de obras decidía qué material era idóneo y de dónde podía obtenerse. Según los documentos medievales las piedras se clasificaban en: lapis vivus o franchus (piedra dura para obras de calidad y escultura), lapis villanus (piedra blanda de mediocre calidad para construcciones modestas), lapis maceralis (cantos para mampostería o relleno de muros) y lapis columnaris (piedra de gran resistencia para columnas). Técnicamente, las piedras más duras utilizadas son las pertenecientes a los grupos de las areniscas, cuarzos y granitos, que producen chispas con el eslabón y efervescencia con los ácidos; en cuanto a las blandas, están representadas por calizas, que no producen chispas y son rápidamente atacadas por los ácidos.
El trabajo se iniciaba con el desbroce o retirada de la tierra que cubría la roca, mediante el pico y la pala. A continuación, con el martillo del piquero (herramienta en forma de gran martillo con un lado en pico) se capeaba el material, tarea consistente en detectar fallos e imperfecciones de la roca. Después con el pico y la acodadera (instrumento muy parecido a un puntero), se procedía a marcar las líneas que determinarían la figura del bloque. Sobre dichas lineas se hincaban cuñas metálicas, y éstas, al presionar la roca, fracturaban el bloque. También, en algunos casos, se utilizaban cuñas de madera, que luego se mojaban, hinchándose y provocando el desgajamiento del bloque.
El maestro de obras comunicaba al maestro de la cantera el número de bloques de piedra que eran necesarios, así como sus medidas, indicando a qué clase de piezas iban destinados, ya que, el tipo de material o su lugar de extracción dentro del yacimiento hacía variar su calidad. Pero los sillares y las diferentes piezas arquitectónicas o escultóricas no solían tallarse en la cantera, especialmente las piezas delicadas, que podían romperse durante el traslado. Por ello, tan solo se devastaban bloques cúbicos que luego se convertían, trabajados en la logia, en sillares, o piezas diversas, arquitectónicas o escultóricas. El movimiento de las piezas en la cantera se verificaba mediante el uso de rodillos de madera para desplazar las piezas muy pesadas o también el rastrón, ingenio de manera que, atado a bueyes o caballerías, arrastraba los bloques mediante cuerdas.
En el transporte desde la cantera a la construcción, se hacía uso de carros con caballos; en la baja Edad Media se desarrollaron vehículos de cuatro ruedas tirados por seis u ocho caballos capaces de acarrear una carga en torno a dos toneladas y media. Cuando las condiciones lo permitían, el transporte de las piezas se llevaba a cabo por barco o barcaza a través de ríos navegables o canales, pues estos sistemas de navegación eran capaces de recibir grandes pesos y se movían con relativa rapidez. Para grandes trayectos, las piezas se calzaban con madera o se protegían con paja al objeto de evitar el desplazamiento de la carga y los posibles golpes entre ellas.

Monedas y medidas medievales

Monedas

Denario: moneda de origen romano, que durante la Edad Media, solía denominarse dinero. Según el sistema monetario carolingio, utilizado para el cambio hasta la época bajomedieval. 1 dinero equivalía a 2 óbolos.
Libra: moneda medieval, según el sistema monetario carolingio, equivalía a 20 sueldos.
Sueldo: moneda medieval que según el sistema monetario carolingio, equivalía a 12 dineros (denario).

Medidas

Hasta comienzos del siglo XIX no se empezó a introducir el sistema métrico en Europa, por lo que hasta ese siglo el sistema de medida era otro muy diferente. He aquí algunas unidades importantes:

Punto : ............................ 0,1875 milimetros
Línea : ............................ 2,25 milimetros y 2,247 milimetros
Cícero : ........................... de 4,30 a 4,60 milimetros
Pulgada : ......................... de 25,04 a 30,27 milimetros (12 líneas)
Palmo menor : .................... 7,66 centímetros (34 líneas)
Palmo medio : .................... 12,4 centímetros (55 líneas)
Palmo : ........................... de 20 a 22,45 centímetros (89 líneas)
Pie : .............................. de 32,484 a 36 centímetros (144 líneas o 12 pulgadas)
Codo : ............................ de 49 a 55 centímetros (233 líneas o 1,5 pies).
Codo de Chartres :.............. era igual a 0.738 metros. Corresponde a la cienmilesima parte del grado del paralelo de Chartres: 73,8 Kilometros
Vara : ........................... de 1,1885 a 1,8845 metros
Toesa : .......................... de 1,94 a 2,19 metros (6 pies o cuatro codos)
Pértica : ......................... 5,847 metros en París y 6,496 metos en otras partes
Lieue de poste : ................. de 3,8989 a 4,444 Kilometros
Legua : ........................... 4,45 Kilometros

Hay que tener encuenta que estas longitudes son solo aproximativas, ya que en el siglo XVII, por ejemplo el pie, cada estado fijaba su medida y podía variar incluso de una ciudad a otra:

Pie de París : .................... 0,3248 metros
Pie del Rhin : .................... 0,3138 metros
Pie de Londres : ................. 0,3048 metros
Pie de Bologne : ................. 0,3803 metros
Pie del Norte : .................. 0,3156 metros
Pie de Dinamarca : .............. 0,3139 metros
Pie sueco : ....................... 0,2968 metros
Pie de Burgos : .................. 0,2786 metros

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