La historia del Reino de León se desarrolló entre los siglos X y XIII. Durante este tiempo mantuvo continuas disputas con los reinos y ducados contiguos, como Galicia, Pamplona y Castilla, pero principalmente las tuvo con el al-Ándalus. Si tanto los gallegos como los navarros y sobre todo los castellanos no hubieran perdido tanto tiempo en intentar conquistarlo, seguramente hubiéramos acabado mucho antes con la dominación arabe y posiblemente el Yilliqiyya (nombre dado por los árabes al Reino de León), hubiera sido tan grande como toda Hispania. Este año se conmemora el 1100 de su fundación, por lo que en la capital leonesa se celebrarán durante el 2010 innumerables actos divulgativos, conferencias, exposiciones, etc. Aprovecho esta magnifica oportunidad para celebrar yo también con todo el mundo este aniversario de la única manera que puedo y se: contando su historia. A lo largo de sus casi 250 años, que en parte coincide con los comienzos de la arquitectura gótica, ocurrieron hechos tan importantes como la construcción de la basílica de San Isidoro en el año 1063 (mitad del reino), la construcción de la catedral de León en 1255 (final del reino) y la celebración de las primeras Cortes, durante el reinado de Alfonso IX (1188-1230), primer precedente del parlamentarismo democrático en Europa y que quedó reflejado en la Carta Magna Leonesa.

Cuadro genealógico de los Reyes de León

Dinastía Astur (910-1037)

Traslado del Reino de Oviedo a León

Antes de comenzar a estudiar el Reino de León, y para entrar en materia, es conveniente retroceder unos años y encontrarnos con el que seria el ultimo rey del Reino de Asturias: Alfonso III el Magno.
Alfonso III nació en Oviedo en el año 848 siendo hijo del rey Ordoño I y doña Nuña. Tras la muerte de su padre heredo el trono, casi con toda seguridad en el 866. Consciente del peligro que suponían los moros para el reino asturiano, lo primero que hizo, recién llegado al cargo, fue reconstruir las ciudades romanas de Lancia o Sublancia, al pie de León, y Cea, al lado de Sahagún. Pero pronto tiene que olvidarse de estos trabajos porque se sublevan en primer lugar el conde Eylón en Álava y después abundantes focos rebeldes en Galicia. Por ello sale a pelear y a medida que va ganando batallas va repoblando las zonas conquistadas: Salamanca, Coria (Cáceres) y Oporto. Solamente le faltaba asegurarse el apoyo del reino por oriente, motivo que lo llevó a casarse con la princesa navarra Amelina, conocida en la historia por doña Jimena. Este matrimonio hizo de navarros y franceses sus aliados, consiguiendo aún en menos tiempo reconquistar Castilla a la vez que repoblaba Zamora, Simancas, Dueñas o Toro. No todas las batallas que libró fueron externas; dentro, sus hermanos (Veremundo, Nuño, Odario y Fruela) intentaron también destronarle, hecho que pagaron sacándoles los ojos después de ser apresados. Aun y así, Veremundo consiguió escapar a Astorga, y ayudado por varios moros y cristianos, reinar allí durante siete años, lo que motivó que Alfonso III tomase duras represalias contra esa ciudad. A partir del año 884 estableció la paz con el reino cordobés de Muhammad, su eterno rival. Por el contrario, Alfonso III nunca fue capaz de aplacar las conspiraciones familiares. Le tocó ver, aproximadamente en el año 910, cómo su primogénito, don García, secundado por su suegro, el conde Nuño Fernández, que reinaba en Zamora, se volvían contra él. Y aunque consiguió vencerlos, el brote estaba arraigando en Asturias, donde doña Jimena y sus cinco hijos (García, Ordoño, Fruela, Ramiro y Gonzalo), con la ayuda nuevamente de Nuño Fernández, dan inicio a una guerra civil. Como resultado, el rey abdica en favor de sus tres hijos mayores en el palacio de Boides, al lado de Gijón, desmenuzando el reino: a don García le dio León, Galicia y parte de Portugal fueron para don Ordoño, y en Asturias quedó don Fruela. Alfonso III se reservó Zamora, ciudad donde va a vivir casi continuadamente hasta su muerte. Afincado ya en Zamora, cuando volvía de una peregrinación a Santiago de Compostela, todavía le pidió a don García que lo dejase pelear en Astorga contra los moros: ésta parece ser la última batalla de la que salió vencedor antes de instalarse definitivamente en Zamora. En esa ciudad murió el 20 de diciembre del 910, tras 48 años de reinado. Fue enterrado en Astorga con Jimena, hasta que ambos fueron llevados al sepulcro de la catedral ovetense que el propio rey había mandado construir con ese fin. Tras su muerte, García trasladó a León la corte, al ser un lugar con mayor importancia estratégica, dada la extensión del reino.


Reino Astur antes de 910

García I (910-914)

En el año 910, tras la muerte de Alfonso III, ultimo gran rey de Oviedo, su hijo primogénito García Adefónsiz se proclamó rey de León y de todas las tierras de nueva colonización en la meseta del Duero. Nombró a León como capital del nuevo reino, aunque en principio no fijó su residencia definitiva en la ciudad. Sus otros dos hermanos, Ordoño y Fruela, también fueron nombrados reyes de sus respectivos reinos, pero reconociendo la condición superior del trono de León, cuyo ocupante resultaba así rey de reyes locales, fue llamado rey-emperador. Los limites fronterizos eran la actual frontera con Asturias por el norte, la actual frontera de Galicia por el oeste, el río Duero por el sur y la actual Navarra en su parte montañosa por el este.
Se conoce muy poco de la vida y obra de García I, solo unos pocos documentos nos dan fe de su actuación soberana. Se había casado en 896 con Munia o Mumadona, hija del conde castellano Nuño Nuñez, gobernador de Amaya. Se tiene constancia que desde el 909 actuaba en León con independencia de Alfonso III. Tuvo un reinado tranquilo por las luchas internas en Al-Ándalus y, coincidiendo con el momento histórico de la subida al trono de Abd al-Rahmán III en Córdoba, lo que aprovechó para continuar con la tarea repobladora iniciada por su padre y que hace con ayuda de los condes castellanos en los sitios de Osma, Coca, Clunia y San Esteban de Gormaz.
La obra arquitectónica más importante que dejó a la posteridad fue la iglesia de San Miguel de Escalada, un templo de traza mozárabe que en doce meses de tensa tarea, sin apoyo alguno de favores públicos y solo financiado por las piadosas dádivas de los particulares logró alzar el abad Alfonso y sus compañeros, venidos de Córdoba. La ceremonia litúrgica de inauguración la presidió el obispo Genadio, el 20 de noviembre de 913, testimoniandose al patrocinio del rey y de la reina mediante una inscripción que reza: Estas cosas se hicieron reinado el rey García I y la reina Mumadona.
En el año 914 tomó la plaza de Arnedo, en un intentó de dominar La Rioja, pero es herido y muere poco tiempo después, el 24 de marzo de 914 en Zamora no dejando descendencia.

Ordoño II (914-924)

Segundo hijo del monarca asturiano Alfonso III el Magno y de la esposa de éste, Jimena, fue bautizado con el nombre de Ordoño Adefónsiz en honor a su abuelo paterno, el también monarca astur Ordoño I. Hacia el año 896 contrajo matrimonio con Elvira Menéndez, la cual pertenecía a una de las familias gallegas más importantes de la época, y poco después, en el año 897, fue nombrado por su padre gobernador de Galicia. Dicho nombramiento, ha sido considerado indicio de los deseos de Alfonso III de asociar a su hijo al trono, puesto que desde los tiempos de Ramiro I, el cargo de gobernador de Galicia había sido ocupado por el heredero a la corona.
Tras la muerte de García I le sucedió en el trono su hermano Ordoño, gobernador de Galicia. Entre la muerte de García y la coronación de Ordoño transcurrieron por lo menos ocho meses, debido a una penosa enfermedad, de carácter infeccioso, que contrajo en tierras de Badajoz y que prefirió restablecerse en Galicia. Restablecido de la infección partió con su séquito el día 6 de diciembre, siendo ungido rey el 12 del mismo mes, según la tradición visigoda y en presencia de algunos de los nobles y obispos más importantes del reino y desde este momento comenzó para los cronistas el cómputo oficial de los años de su reinado. El nuevo monarca mantuvo en León el nuevo centro politico de la corona. Reconstruyó las viejas murallas y engrandeció la ciudad con nuevos templos y palacios, será esta durante mucho tiempo sede del trono más importante de España. Uno de los propositos que impulsaron a Ordoño II a afianzar la corte en la ciudad de León fue que desde aquí se podía controlar mucho mejor las fronteras oriental con Castilla y la sureña con el Ándalus.
Las principales campañas militares por él emprendidas comenzaron en el verano de 915, dirigidas sobre las tierras montañosas de Miknasat al Asnam como llamaron los musulmanes al territorio de Merida. Entrando por el camino de Zamora, sometió primero a Medellín y luego a Casto Alegre, acampando al día siguiente junto a Merida, donde se les sometieron los jefes de esta localidad y de Badajoz, regresando desde allí con muchos cautivos y grandes despojos por el camino de Toledo. La campaña fue tan satisfactoria para el monarca, que tan pronto llegó a León quiso mostrar su gratitud a la Madre de Dios, erigiendo un nuevo templo catedralicio, a cuyo efecto donó su propio palacio, engrandeciendo asimismo la diócesis legionense, que hasta entonces se encontraba en estrechos limites, con un modesto templo, situado a extramuros y consagrado a san Pedro apóstol. Hay dudas razonables que todas estas tareas de reorganización y engrandecimiento de la diócesis legionense se debe a esta campaña o a otra posterior en San Esteban de Gormaz.
Al año siguiente, volvió a regresar a tierras cercanas a Merida para enfrentarse a los andalusíes. El rey leonés devastó, depredó y sometió al fuego las áreas suburbanas. Enfrentado a un contingente armado llegado de Córdoba, lo derrotó y apresó a su jefe, al que se llevó encadenado a León. La reacción de los andalusíes no se hizo esperar. Una primera aceifa se inició el 15 de junio de 916, bajo la dirección del caid Ahmad ibn Muhammad ibn Abi Abda, regresando a Córdoba sin mayor percance. El nuevo emir cordobés, Abd al-Rahman III, haciéndose eco del clamor popular contra los continuos éxitos cristianos, reunió entonces un inmenso ejército que incorporaba contingentes de la Tingitania y la Mauritania. A su mando iba de nuevo Ahmad ibn Muhammad ibn Abi Abda, lllamado Hulit Abulhabat. La inmensa hueste mahometana salió de Córdoba el 2 de agosto de 917 y llegó a la ribera del Duero el 1 o el 2 de septiembre, sembrando la muerte y el saqueo. Los árabes establecieron su campamento junto a la localidad de San Esteban de Gormaz, por entonces se llamaba Castromoros. Entonces aparecieron de improviso el rey Ordoño y sus hombres, que cayeron como un lobo sobre un indefenso rebaño. La batalla es uno de los hitos más grandes de la historia medieval española. Los leoneses causaron tanta muerte entre sus enemigos que el número de sus cadáveres excedía del cómputo de los astros, pues desde la orilla del Duero hasta el castillo de Atienza y Paracuellos, todo estaba cubierto de cadáveres. En cualquier caso, el derrotado ejército invasor se retiró a sus tierras el día 4, completamente desbaratado. Entre los muchos musulmanes que sucumbieron estaba el propio Hulit Abulhabat, cuya cabeza mandó el rey Ordoño suspender de las almenas de San Esteban de Gormaz junto a la de un jabalí. Acudieron entonces al rey leonés, suplicantes y angustiados, los navarros, con la esperanza de que el poderío de las armas leonesas les librara del acoso musulmán. Finalizando en la primavera del año 918 y concertados entre sí el monarca leonés y Sancho Garcés I, rey de Pamplona, movilizaron sus tropas y marcharon juntos sobre Nájera, en la Marca Superior, a la que llegaron a comienzos de junio, sitiándola durante tres días. Pasaron luego a Tudela, bordearon los confines de la Morcuera y Tarazona, y penetraron en los arrabales de Valtierra. Arnedo y Calahorra fueran tomadas de manos de los Banu Qasi de Zaragoza.
Estos sucesos irritaron tanto al emir Abderramán, que ya el 8 de julio de ese año salía de Córdoba un nuevo ejército de castigo, mandado por Badr ibn Ahmad, que llegó al territorio de Mutoniya o Mutonia donde derrotó a los ejércitos navarros y leoneses en agosto de 918. El rey de León y el de Navarra lo volvieron a intentar posteriormente pero los moros en la subsiguiente batalla de Valdejunquera, el 26 de julio de 920, el emir cordobés derrotó nuevamente a las escasas huestes reunidas por leoneses y navarros, quedando cautivos los obispos de Tuy y Salamanca, Dulcidio y Hermogio. Los supervivientes se refugiaron en las fortalezas de Muez y Viguera, que fueron cruelmente asediados por el emir andalusí. Tras tomar las plazas, todos los cautivos fueron degollados, y, finalmente, arrasó los campos antes de volver a Córdoba.
De tal descalabro se culpó a los condes castellanos Nuño Fernández, Abolmondar Albo y su hijo Diego, y Fernando Ansúrez, por no haber acudido al combate. Convocados por el monarca en el lugar de Tejar, a orillas del Carrión, los condes fueron apresados y encarcelados. En cualquier caso, debieron ser liberados poco tiempo después, ya que la documentación los presenta actuando con normalidad.
A pesar de tales contratiempos, Ordoño reunió nuevamente un ejército y marchó contra los moros, llegando al territorio de Sintilia, en Guadalajara. Allí asoló los cultivos y abatió los castillos de Sarmalón, Eliph, Palaces, Castejón de Henares, Magnanza y otros muchos, llegando en pocas jornadas a la ciudad de Córdoba. Desde allí regresó el rey a sus tierras, llegando a Zamora el 1 de agosto de 921, donde halló muerta a su esposa la reina Elvira. A finales del verano de 923, a petición del monarca navarro, el rey Ordoño marchó sobre La Rioja, ocupando Nájera, en tanto que Sancho Garcés hacía lo propio en Viguera, apresando y dando muerte a Muhammad ibn Abdallah ibn Lubb, de los Banu Qasi, y a otros nobles musulmanes. Tras fundar el monasterio de Santa Coloma de Nájera (21 de octubre), y aprovechando el prestigio de las armas leonesas, obtuvo la mano de la infanta Sancha, hija del rey navarro, con quien regresó a su capital.
Logro inmenso de Ordoño II fue el paso silencioso y remansado del regnum asturum al regnum legionis, con los mismos contenidos sustanciales proclamados en Oviedo.
El rey, como se ha dicho anteriormente, se casó con Elvira Menéndez y ya en 898 que habían nacido los seis hijos de este matrimonio: Sancho, Alfonso IV, Ramiro II, García, Jimena y Aurea. Elvira moría en Zamora hacia el mes de julio de 921, contrayendo Ordoño nuevas nupcias a comienzos de 922 con Aragonta, hija del magnate gallego Gonzalo Betotiz a la cual, poco tiempo después repudió volviéndose a casar por tercera vez con la joven Sancha, hija de Sancho Garcés de Navarra y de su esposa Tota o Toda Aznar.
Amediados de junio de 924 la muerte le sorprende entre Zamora y León. Su sepulcro se encuentra en la parte central del muro de la girola en la catedral de León.

Fruela II el Leproso (924-925)

Fruela Adefónsiz era el tercer hijo de Alfonso III el Magno, nacido en Oviedo hacia el año 874, se casó en 910 con Nunilo en las mismas fechas que su padre le concediera el reino de Asturias. Durante el reinado de su hermano Ordoño II en León en algunas ocasiones se trasladaba a Oviedo y Fruela lo hacía a León por lo que, mientras se encontraba en esta ciudad, este ejercía de Frater Regis.
La muerte de Ordoño y el nombramiento de Fruela como el nuevo rey leonés, venía a restaurar, al cabo de catorce años, la reunificación de los tres grandes territorios o provincias que habían constituido el patrimonio integro del rey Magno. En un principio a Fruela se le admitió sin contradicciones o protestas expresas, pero pronto se empezaría a poner los próximos acontecimientos en su contra.
Fruela II no será recordado como un buen rey, ya que no llevó a cabo reformas administrativas importantes que fortalecieran el reino, ni tampoco se puso al frente de sus tropas para emprender exitosas campañas militares contra los musulmanes, aunque hemos de reconocer que el tiempo no jugó a su favor. No obstante fue especialmente eficaz a la hora de aplastar la oposición que fue surgiendo entre el pueblo, y no dudó en emplear determinadas técnicas de persuasión que extendieron el miedo entre sus súbditos, como por ejemplo son atribuibles a él, las muertes violentas de los hijos del noble Olmundo, llamados Gebuldo y Aresindo, así como el destierro del obispo de León, Fronimio, hermano de los muertos. El pueblo no le tenía demasiada estima, y menos aún cuando enfermó de lepra, pues en la época altomedieval aquella enfermedad era sinónimo de un castigo divino. Al año y dos meses de llegar al trono (febrero de 924 hasta marzo de 925), el rey de León Fruela II finalmente moría de la lepra que contrajo.
Casó en primeras nupcias con Nunilo Jimena, siendo padres de: Alfonso Froilaz, futuro rey de León (925) y de Galicia (926), Ordoño y Ramiro. Posteriormente volvió a casarse antes de 917 con Urraca quien es, la primera de este nombre documentada en el ámbito dinástico medieval. Según parece tuvo dos hijos Endo y Fortis.

Alfonso Froilaz el Jorobado (925-926)

He aquí un rey desafortunado, cuarto en el ciclo histórico leonés, tan radicalmente desconocido que aun no han hallado la dignidad ordinal que se debe a su nombre, descolgado oficialmente de ser reconocido como rey de León. Su reinado fue verdaderamente efímero y difícil, pues sucediendo a su padre Fruela, en el mes de agosto de 925 pronto se produjo una guerra civil entre los hijos de Ordoño II, Sancho, Alfonso y Ramiro apoyados por Sancho Garcés I de Navarra y, los magnates galaico-portugueses (magnate regni) que reclamaban el reino para ellos porque se juzgaban con más derecho a ser reyes de León y, Alfonso Froilaz, apoyados por la nobleza astur, que defendían a su legítimo heredero. Las crónicas aseguran que aunque por muy poco tiempo, alrededor de seis meses, Alfonso Froilaz consiguió ser rey de León. De ello lo certifican los escritos medievales de la Nómina Regun Legionensium y la Vigilana o albeldense. En el primero de ellos se inscribió en su censo como rey a Alfonso, hijo de Fruela. Pero al final los hijos de Ordoño II consiguieron despojar del trono a Alfoso Froilaz refugiándose este en Galicia, donde ejerció como rey.
Al poco tiempo, fue expulsado del trono por Sancho Ordóñez, que tomó para sí el título de rey de Galicia. Tras ello, Alfonso Froilaz terminó por refugiarse en Asturias, donde siguió manteniendo sus pretensiones al trono. En el año 932 fue hecho prisionero, junto con sus hermanos (Ramiro y Ordoño), por el nuevo monarca Ramiro II, que ordenó que todos fueran cegados y encarcelados en diversos monasterios. En uno de ellos, en San Julian de Ruiforco, Alfonso Froilaz, murió unos años más tarde en 933. Consta que ni se casó ni tuvo descendientes.

Alfonso IV el Monje (926-931)

La victoria de los hijos de Ordoño II sobre los de Fruela vino a evidenciar la procedencia y medida de las fuerzas con que había contado cada uno de ellos. Por consiguiente a la muerte de Alfonso Froilaz, se repartió otra vez el reino según la medida aceptada por los hijos de Ordoño. A Alfonso Ordóñez se le concedió el núcleo central, constituido por las dos grandes provincias de León y Castilla, y se adjudicó a Sancho el viejo reino de Galicia del que cedió voluntariamente, con beneficio de Ramiro, la parte inferior de las tierras de Lusitania, en torno a Viseo y Coimbra. Alfonso IV, el nuevo rey de León, se coronaba solemnemente el día antes de los idus de febrero de 926, según se hizo constar en la Nómina oficial de los reyes leoneses. Mientras, Ramiro se hallaba ya en tierras de Viseo diez días después, y Sancho retrasaba su marcha a Compostela hasta el mes de abril, donde se coronaría solemnemente pocos días después.
Alfonso IV fue un rey muy pacífico, con más inclinación hacia la vida religiosa que hacia la militar. Los hermanos mantuvieron buenas relaciones, y pese a que administrativamente pudieran regirse con una cierta independencia, lo cierto es que tanto política como militarmente estaban adscritos al centro absoluto del poder que estaba en León, y León era la capital dominante de todas cuantas decisiones importantes se tomaban en el reino. Alfonso IV visitó a su hermano mayor Sancho en su corte de Galicia, llevado por el afecto fraterno y la devoción a Santiago el Mayor, y cuando en el verano de 929 muere Sancho sin descendencia, Galicia aceptó sin dificultad el dominio de Alfonso IV, que la incorporó de nuevo a la corona de León.
Pero un hecho singular cambió la vida de este rey: la muerte de su esposa Oneca Sánchez, hija del rey de Navarra, Sancho I Garcés. Esta muerte le hizo caer en una fuerte depresión, tan profunda que le impidió seguir dirigiendo los destinos del reino. En 931 Alfonso entregó el reino a Ramiro y se retiró al monasterio Domnos Sanctos en Sahagún, por lo que se le apellidó el Monje. Estuvo un tiempo corto dedicado a la oración y a esa vida de contemplación, practicando largos paseos por el occidente de los apacibles y tranquilos Campos Góticos Leoneses (Campi Gothorum Legionenses), por las frondosas huertas del río Cea. Ramiro fue ungido y coronado solemnemente en León. Surgió entonces una inesperada guerra civil, ya que Alfonso, que no se había adaptado a la vida religiosa, colgó el hábito monacal, salió del cenobio de Sahagún, se reproclamó rey en Simancas y se sublevó contra su hermano el rey Ramiro II, que entonces se hallaba en Zamora. Este regresó rápidamente a León y con el apoyo del conde castellano Fernán González, venció al exmonarca y lo encerró en un calabozo. Marchó enseguida sobre Asturias donde apresó también a los tres hijos rebeldes de Fruela y los llevó a León, ordenando que a ellos y al propio Alfonso les sacaran los ojos.
Pasado algún tiempo, se compadeció Ramiro II de la triste situación de su hermano y mandó acomodar, lo mejor posible, el monasterio de San Julián de Ruiforco para que sirviese de mansión llevadera a su hermano ciego y a sus tres primos hasta su muerte. El cadáver del rey Alfonso IV de León recibió sepultura en este desaparecido monasterio, junto a su esposa, Oneca Sánchez de Pamplona. Posteriormente, el cadáver del rey fue trasladado a la basílica de San Isidoro de León junto con el de su esposa.
Hemos visto que los dos últimos reyes fueron castigados con la desorbitación ocular. Este atroz castigo no fue un hecho arbitrario ni legalmente exclusivo. Según las normas de aquella época, el rey podía conmutar la pena de muerte, que las leyes imponían, a quien atentaban contra el poder del estado, con la sustitución de esta otra pena.

Ramiro II el Grande (931-951)

A la muerte de Alfonso IV le sucedió en el trono su hermano Ramiro Ordóñez. Fue ungido como rey de León el 6 de noviembre de 931 y fue uno de los reyes más importantes del Reino de León. Ramiro II supuso para los territorios leoneses años de intensa actividad guerrera. Impetuoso y batallador hasta la crueldad fue el más digno rival de Abd-al-Rahmán. Fue bravo, inteligente y, aunque parezca un contrasentido, también a veces confiado. Tan confiado que debido al apoyo recibido de Fernán González, Ramiro le reconocería como conde de toda Castilla y posteriormente, en 932, también de Álava, cosa que a la larga sería todo un error.
Ramiro empezó conquistando la fortaleza omeya de Margerit (Madrid) en 932 con la idea de liberar Toledo, Osma (933), Zaragoza (937) y Pamplona (939) donde obtuvo la sumisión de la reina Toda. Estas circunstancias hicieron que León, Pamplona y Aragón constituyeran un bloque militar frente al califa. Después de este éxito es fácil comprender la furiosa reacción de Abd al-Rahmán, humillado y castigado por un rey de escasos recursos, pero tan valiente y seguro de sí como ninguno. Su pensamiento fue embarcarse en un proyecto gigantesco al que denominó gazat al-Kudra o campaña del supremo poder, alentado con la fuerza interna del djihad o guerra santa con participación de más de cien mil combatientes salieron de Córdoba hacia el Reino de León al encuentro de Ramiro II, acompañado de Fernán González, Assur Fernández y algunas fuerzas navarras. La batalla, una de las más celebradas de la historia de la Humanidad, tuvo una primera fase que se desarrolló en Simancas durante los días 5 y 6 de agosto de 939 y una segunda que remató, tras una retirada de las tropas árabes, en Albendiego (Guadalajara) o en las inmediaciones del río Alhándega, 16 días después, en una fosa-trampa que los cristianos habían construido.
Tras la batalla victoriosa, Ramiro II mandó crear fortalezas entre Roa y Simancas que consolidaran la línea del Duero, además de otras como Curiel y Peñafiel, y algunas de posición más avanzadas hacia la sierra como Cuellar. Esa labor de fortificación la encomendó Ramiro II a uno de los condes castellanos que más se había distinguido en la batalla de Simancas y que además disponía de los hombres y de los atuendos necesarios. Su conde era Assur Fernández, que había regido la parte oriental de Burgos y para el que ahora mandó crear, junto al Pisuerga y el Carrión, el condado de Monzón.
Esta decisión se oponía radicalmente a las ambiciones castellanas y en especial a las de un magnate llamado Diego Muñoz que, bajando de Liébana, se había establecido en la parte alta del Pisuerga y gobernaba la región con el titulo de conde de Saldaña. Fernán González, aprovechándose de la victoria, también se apresuró a avanzar hacia el sur, justo en la dirección propicia para contener los posibles avances del conde de Monzón, afecto a Ramiro II. Todo esto es lo que motivó, probablemente, el profundo descontento entre León y Castilla, entre Ramiro II y Fernán González. El que se hacía llamar conde de Saldaña, Diego Muñoz, también se sumó al descontento, pero naturalmente a favor del lado castellano. Estas traiciones de aprovecharse de terreno que había conquistado Ramiro II para que los condes rebeldes castellanos avanzaran en tierra y aspiraciones, propició que en la década siguiente, dentro de los dominios cristianos, Ramiro tuviera que enfrentarse a la rebelión de ambos condes.
Lo cierto es que, en el año 944, Ramiro II, contando con la lealtad del conde Assur Fernández, puso fin a un estado de rebeldía imponiendo su autoridad y encarcelando a los condes Fernán González de Castilla y Álava y Diego Muñoz de Saldaña, uno en León y el otro en Gordón. Pasado algún tiempo y previo juramento de fidelidad al rey, ambos condes fueron liberados. El de Saldaña estuvo preso hasta finales del año 944, el de Castilla, hasta la primavera del 945.
Ya en libertad, Fernán González sigue proclamando su título condal, refugiado en la parte oriental de Castilla, cercana a la frontera riojana. Ramiro, mientras tanto estaba más atento a la parte occidental del reino, descuidando mucho la parte más proclive a la insumisión, la castellana, lo que sin duda fue aprovechado por Fernán González para recuperar todo lo perdido, y así fue que recuperó tanto que las relaciones no tuvieron otra opción que la de mejorar, incluso hasta restituirle los viejos honores con el título de conde. Esta decisión, obligada o de voluntad generosa, puede que fuera el primer gran error de lo que vendría posteriormente. Ramiro no solo liberó a los insumisos castellanos, sino que tomó la decisión de casar a su primogénito, el futuro Ordoño III, con una hija de Fernán González, Urraca de Castilla. Visto a posteriori, resultó ser uno de los pasos más dolorosos para la esencia y el ser del reino propiamente leonés, ya que se introdujo en la realeza leonesa la vena castellana rebelde de Fernán González, primero en su sucesor y luego en la figura de su hija, a quien logró casar con el futuro Ordoño III, un rey prudente, de una prudencia y sensibilidad temeraria para el espíritu de la época y para las verdaderas intenciones de los mandatarios rebeldes y de las propias expectativas castellana, que obviaba, evidentemente todo tipo de remilgos.
En la ultima campaña militar Ramiro II salió de Zamora e invadió territorio musulmán, llegando hasta Elvora, que por influencia arábiga comenzaba a llamarse Talavera, saqueando esta ciudad y el valle del Tajo, y volviendo a León con abundante botín y la aureola inconfundible de la festividad que siempre acompaña a las estelas victoriosas. Posteriormente hizo un viaje a Oviedo y allí se sintió enfermo y quiso regresar a la urbe regia. Se hizo llevar desde su palacio a la contigua iglesia de San Salvador (Palat de Rey) y en presencia de todos se despojó de sus vestiduras y vertió sobre su cabeza la ceniza ritual, uniendo en el mismo acto la renuncia solemne del trono y la practica  de la penitencia publica in extremis con la misma formula que en su día pronunciara San Isidoro de Sevilla: desnudo salí, Señor, del vientre de mi madre y también desnudo quiero volver a Tí. Tú eres mi ayuda y nada puedo temer de parte de los hombres. Sucedió esto en León, la tarde del 5 de enero de 951, cuando el rey debía tener unos 53 años. Pocos días después moría, siendo enterrado en San Salvador por orden de su hija Elvira, convertida por entonces en abadesa del convento. Muerto Ramiro II, Fernán González, logró de hecho la sección castellana, y conforme a los usos de la Europa feudal vinculó hereditariamente el condado a su linaje.  
Nos queda por decir lo más valioso de su obra, como por ejemplo el engrandecimiento del territorio del reino, que avanza su frontera desde el Duero hasta las cercanías del Tajo, también cuida y dirige personalmente el rey la tarea de asentamientos mozárabes en algunas comarcas de la cuenca del Cea; engrandece la corte con la creación del nuevo palacio real y el monasterio de San Salvador junto a él y normaliza el desarrollo de las funciones administrativas y jurisdiccional, planificándose  los cuadros personales de la curia regia y de otras instituciones subordinadas.
Ramiro se casó primeramente con Adosinda Gutiérrez, su prima hermana, de quien tuvo dos hijos: Vermudo que murió poco después de enero de 941, y Ordoño, que le sucedió en el trono con el nombre de Ordoño III. Repudiada Adosinda, se casó el rey con Urraca Sánchez, hija de Sancho Garcés y de Toda, de quien tuvo por hijo a Sancho, el futuro rey craso, y Elvira (llamada también Geloria), que profesó tempranamente en el monasterio de San Salvador de Palat del Rey.

Ordoño III (951-956)

A partir de Ramiro II surgen de sus hijos Ordoño, legítimo heredero, y Sancho nacidos de mujeres diferentes y con intereses contrapuestos, dos líneas dinásticas claramente enfrentadas. Ordoño y sus descendientes, fueron apoyados por la nobleza gallega, en cambio, Sancho contaba con el apoyo de Navarra y el condado de Castilla. Ramiro II, dejó a su muerte, un reino fuerte, aparentemente coexionado y más amplio que el que recibió. Gran herencia la que recibió Ordoño Ramírez cuando ascendió al trono pero difícil de gobernar.
Poco después de su entronización surgieron los primeros problemas. Una coalición entre su hermanastro, el infante Sancho Ramírez, su suegro el conde Fernán González y el rey de Pamplona se acercaron a León para derrocar al legítimo monarca y colocar en su lugar a su medio hermano Sancho. No lo dudó y, al frente de un poderoso ejercito invadió León encontrándose las huestes de los conspiradores en los alrededores de Sahagún. Pero Ordoño III contando con los apoyos del conde de Cea, Vermudo Nuñez que le impide el paso a León y del conde de Monzón, Fernando Ansúrez que les cierra el camino por Grajal y Melgar consiguen entre todos, desbaratar los planes de su hermanastro. Aprovecharon los gallegos la debilidad de tropas en el lado oeste del Reino de León para alzarse también en armas contra su rey. Esta sublevación de los nobles gallegos procedentes de la comarca de Valdeorras fue sofocada por el siempre fiel conde de Monzón y el propio Ordoño III.
Animado por sus recientes triunfos y en vista de que contaba con un poderoso ejército, decidió emprender una campaña en tierras portuguesas. Partió de las riberas del Miño y, tras reforzar sus defensas en Coimbra, marchó hacia Lisboa, donde obtuvo importantes despojos y un gran número de prisioneros. De regreso a León, recibió la noticia de que un ejército musulmán se encontraba en las proximidades del Duero, concretamente en San Esteban de Gormaz en agosto de 955, causando notables apuros a Fernán González, que, desbordado por el gran número de enemigos, decidió someterse a la autoridad del monarca y solicitar su ayuda. Ordoño III colaboró efectivamente con el conde y poco después los musulmanes tuvieron que retirarse de estas tierras, negociado un tratado de paz con Abd al-Rahmán III. Cuando estaba preparando una nueva expedición contra los musulmanes le llegó inesperadamente la muerte de forma natural en Zamora a finales de septiembre de 955.
Apenas tenía treinta años y solo había gobernado cinco y medio, pero durante ese tiempo había dado pruebas más que evidentes de su pericia militar y su habilidad e inteligencia como gobernante. Sin embargo, la muerte le sorprendió a edad temprana y sin poder completar ninguno de sus planes. Los hombres del rey trajeron sus restos a León y, en San Salvador de Palat de Rey, junto a la tumba de su padre el gran Ramiro II, los depositaron para su eterno descanso. Se casó con Doña Urraca, hija de Fernán González con quien tuvo un hijo, Vermudo.


Reino de León en el siglo X

Sancho I el Craso (primera etapa 956-958)

A Ordoño III le sucedió en el trono de León su hermanastro Sancho Ramírez. Fue coronado en octubre de 956 en Compostela sin problemas a pesar de que estaban presentes dos posibles pretendientes: uno, el hijo, muy niño aun, de Ordoño III, el futuro Vermudo II y otro, el hijo de Alfonso IV, el futuro Ordoño IV.
El reinado de Sancho I fue uno de los más agitados de toda la Historia del Reino de León por motivos propios y extraños. Sancho era orgulloso, fatuo y prepotente; físicamente era monstruosamente gordo, que le impedía montar a caballo, le incapacitaba para el manejo de las armas y hasta necesitaba ayuda para andar. El pueblo se mofaba de él y le empezaron a llamar el Gordo. Sancho careció de habilidad necesaria para sostener el prestigio de su autoridad frente a la política muy particular de Fernán González y las ambiciones de algunos magnates leoneses que perturbaron el reino. Quiso llevar a cabo una política firme frente a las pretensiones de la nobleza, aunque sin habilidad, lo que le trajo muchas antipatías.
El 13 de noviembre se le ve actuando ya como rey en Compostela estando acompañado por los principales magnates y condes de importancia, Fernán González y Pelayo González, que eran asiduos participantes de las asambleas de palacio. También estaba acompañado de un inquieto conde gallego, Rodrigo Velázquez, y de un navarro ilustre, Sancho Garcés. Los primeros grandes errores de Sancho I fueron los de negarse a suscribir, primero, la paz firmada por su padre Ramiro II, y segundo, el negarse a cumplir el tratado que su antecesor Ordoño III había hecho con Córdoba, lo cual le atrajo una saifa de castigo durante la primavera de 957 que Sancho I no pudo repeler. Y a esto debió de añadirse el poco tacto y determinación con el problema de Castilla y con sus relaciones con Fernán González que, sin dejar de ser astuto, jamás perdía de vista su verdadero objetivo y además seguía siendo el magnate más poderoso. Fue el conde quien fomentó el descontento de los leoneses contra el rey para que este dejara de gobernar, cosa que consiguió en la primavera de 958, haciendo que Sancho I se refugiara en Navarra, buscando el auxilio y el consejo de su abuela Toda.

Ordoño IV el Malo (958-959)

Los magnates leoneses, reunidos para proclamar nuevo monarca, resucitaron la vieja tradición electiva de la monarquía visigoda para entronizar al nuevo rey Ordoño Alfónsez en Compostela. Pero la entronización del cuarto Ordoño, motejado el Malo por los cristianos y Aljabit (jorobado) por los musulmanes, no remedió los males de la monarquía leonesa, pues tampoco reunía las condiciones físicas y morales necesarias para mantenerse en el trono a que lo habían subido los magnates enemigos de su primo Sancho con el apoyo del conde de Castilla y Álava, Fernán González, que trataba de poner la corona leonesa en la cabeza de un rey propicio a sus aspiraciones, pues Ordoño IV se había casado con su hija Urraca Fernández, viuda de Ordoño III. Ordoño IV entró en la capital un 3 de agosto del año 958, pero antes tuvo que vencer la resistencia de un partidario del anterior rey, Sancho I y, enemigo de Fernán González, Froila Vela. Un Vela que pudo ser uno de los desterrados de Ávila cuando Fernán González se alzó con el condado. Vela se hizo con un ejercito musulmán, para impedir el triunfo de Ordoño, pero esta intervención armada fracasó y sus huestes fueron deshechas en un lugar llamado Peña del Rey.
Entre tanto Sancho el Craso se hallaba en Pamplona bajo la protección de su abuela Toda. Decidida a reinstalarlo en el trono de León, para lo cual creyó necesario, ante todo, curar la patológica obesidad de su nieto; y como sólo en el Ándalus, de superior cultura, podía haber entonces médicos capaces de realizar tal curación, a Córdoba envió la reina Toda mensajeros para solicitar de Abd-al-Rahmán Al Nasir un médico, así como el apoyo militar necesario para reinstalar a Sancho en el trono leonés. El califa envió a Pamplona a Hasdai ibn Shaprut, famoso médico judío, políglota y hábil diplomático, que propuso a la reina Toda que ella misma fuese con su nieto a Córdoba para tratar personalmente el asunto y le aseguró la cooperación militar para reintegrarlo a su trono, a cambio de que, tras la reentronización, le fueran entregadas diez fortalezas fronterizas del margen del Duero. Y a la corte cordobesa fue doña Toda con su hijo el rey de Pamplona y su nieto Sancho I Ramírez el Gordo.
El tratamiento adelgazante impuesto al depuesto rey Sancho en la corte de Madinat al-Zahra (Medina Azahara) actualmente se consideraría más una modalidad de tortura que un tratamiento médico racional. Don Sancho tenía cosida la boca, con sólo una pequeña abertura por donde podía absorber a través de una pajita el régimen alimenticio que se le proporcionaba, muy severo, sin comer nada sólido, bebiendo agua de sal, de azahar, menta o toronjil, y cocimientos de verduras, bardana, cola de cerezo, diente de león, miel de enebro o arrope de saúco y una poción con ciento un ingredientes vegetales llamado teriaca. Todo ello, en su justa cantidad para proporcionar siete condumios al día. Para poder pasar de su acostumbrada gula a la dieta de ayuno casi total, se ordenó que se le atara a la cama y se le aplicaran sedantes, baños de vapor para sudar y masajes para ir tensando la piel. Una vez perdidas las primeras arrobas, se instruyó al personal para que le ayudaran a caminar tirando del sujeto con cuerdas, mientras el paciente se ayudaba con un andador hecho a medida. Tras 40 días de tratamiento, Sancho había perdido la mitad del peso que traía (220 kilogramos), había mejorado de los dolores de rodillas y caderas, de la somnolencia, de la dificultad para respirar y ya era capaz de caminar una parasanga (5250 metros) diaria.
Curado Sancho de su obesidad por los médicos cordobeses, pudo incorporarse a las huestes califales que atacaron las fronteras leonesas para destronar a Ordoño IV. Así pues, la reina Toda Aznar de Navarra pidió ayuda militar a un primo suyo musulmán para dirigirse a las extremaduras tomando Zamora y apresando a Fernán González. Fue retenido en 960, en la iglesia de San Andrés de Cirueña, un pueblo de la Rioja. Ante este hecho, Ordoño IV lo vio todo perdido y decidió refugiarse en Asturias poco antes de que Sancho I entrase en León. De Asturias fue posteriormente expulsado pues no encontró las simpatías necesarias, ya que en la memoria del pueblo se recordaba que él era hijo de Alfonso IV, uno de los que importunó y obstaculizó el reinado de Alfonso Froilaz, que fue bien querido en aquella tierra y donde encontró partidarios después de su abdicación. Ordoño marchó a Burgos donde aun le quedaba un grupo de fieles contando según creía él con su valedor Fernán González que saliendo de su encierro se puso en su contra teniendo que refugiarse en tierras musulmanas, primero en Medinaceli y después en Córdoba. Trató de buscar algún tipo de alianza, alianza que se encargó de abortar Sancho I al ratificar el tratado firmado por su padre Ramiro II con los musulmanes y la cesión de diez fortalezas del Duero. De Ordoño IV ya no se volvió a hablar más. Fue abandonado y olvidado hasta que murió, parece ser que en 962, en Córdoba. Su cuerpo fue enterrado en el monasterio de San Salvador de León.

Sancho I el Craso (segunda etapa 960-966)

Terminado el tratamiento de Sancho de su polisarcia con hidropesía, salió junto a Toda y su hijo García de Córdoba con la misión de recuperar el trono de León, para lo cual se dirigieron hacia Zamora con las huestes musulmanas mandados por Galib, en marzo de 959. Como ya se ha dicho, al tener conocimiento de esto Ordoño IV, huyó una noche hacia Astutias. El efecto de la victoria fue inmediato, ya que a últimos de marzo estaba en Celanova, Galicia y, poco después se establecía con aparente normalidad en Sahagún a principios de abril. Aquí se estableció por unos dias trasladandose posteriormente a León. Su recibimiento fue más bien frío, pero sí al menos con la complacida curiosidad de cuando habiendole visto un año antes marchar al destierro con la innoble deformidad de su gordura, presenciaban ahora su normal estampa de joven y victorioso rey.
Ya en 960 gobernaba Sancho en León. Durante algún tiempo la vida palaciega estuvo marcada por la tranquilidad y la normalidad. Sancho pasaba largas temporadas de descanso en Sahagún, celebrando incluso allí una asamblea extraordinaria con asistencia de ochenta y un varones principales, para proclamar el reconocimiento augusto del soberano y la terminación feliz de todas las dificultades y contradiciones mediante el sometimiento y consiguiente pacificación de todas las gentes. Durante el 961 llegaron a la capital desde todos los ámbitos del reino el apaciguamiento general de los grupos gallegos en discordia, del condado de Castilla por parte de Fernán González y de los navarros.
Las cosas en León se habían relajado bastante debido en parte a la progresiva desaparición de enemigos. Tal vez Sancho se creía, por ello, seguro de su suerte, olvidando el cumplimiento de las obligaciones que contrajo con al-Nasir cuando se curaba en Córdoba de su obesidad y obtenía ayuda musulmana. Pero la buena fortuna del rey se acabó, el 15 de octubre de 961 cuando moría en Córdoba Abd-al-Rahmán, su sucesor e hijo Al-Hakam le recordó las exigencias de su padre, a las que Sancho I, en principio, respondió con una negativa aunque posteriormente parece ser que tuvo miedo y se arrepintió. Hacia Medina Azahara mandó una embajada cristiana en la que figuraban varios prelados de Zamora y Galicia, donde reiteraron a Al-Hakam el homenaje del rey de León. Otro tanto de lo mismo hizo el califa musulmán, ya que envió hasta Sancho I una delegación que estaba presidida por el cadi de Valencia Abd al-Rahmán ibn Djahhaf, y el de Guadalajara, Aiyub ibn al-Hussain. Sin embargo, lo pactado por Sancho y Toda con los musulmanes no fue cumplido por aquél, lo que evidentemente levantó la ira del califa y provocó enfrentamientos y disputas militares. Para combatir contra los musulmanes Sancho I estableció una alianza con Pamplona, el conde de Castilla y los condes de Barcelona Borrel y Mirón. Las expediciones musulmanas del califa Al-Hakam primero vencieron a Fernán González en San Esteban de Gormaz (963) y después al rey García en la frontera navarra por el Todjibi de Zaragoza.
Después del mal trago sufrido por Sancho con los musulmanes, tuvo que partir hacia Galicia y Portugal para sofocar una revuelta de los nobles en el verano de 966. Y tras pacificar Galicia se propuso otro tanto de lo mismo más al sur que sin duda consiguió. Acabada su misión pacificadora, se trasladó al monasterio de Lorbán, donde quiso dejar un recuerdo confirmando sus posesiones. Entre los acompañantes figuraba un conde gallegoportugués llamado Gonzalo Muñoz (Gundisalvus Munneonis) el cual, durante una de sus comidas con el rey le introdujo en el frutero una manzana envenenada. Cuando Sancho se sintió mal intentó por todos los medios regresar a León. Murió tras tres días de viaje un día de noviembre de 966. Sancho fue enterrado en el monasterio de Castrelo de Miño y posteriormente, sus restos mortales fueron trasladados a la ciudad de León, donde fueron inhumados en la iglesia de San Salvador de Palat del Rey.
Se casó con Teresa Ansúrez de Monzón con quien tuvo un hijo y sucesor, Ramiro III.

Ramiro III (966-985)

Cuando ascendió al trono tras la muerte de su padre por envenenamiento, Ramiro Sánchez no era más que un niño de cinco años. El 19 de diciembre de 966 ya existe constancia del reinado de Ramiro III. Su tía Elvira, hermana de Sancho I, estaba profesando en el monasterio de San Salvador de León cuando aconteció la muerte de su hermano Sancho. Esta circunstancia, más la minoría de edad del nuevo rey, hizo que Elvira, junto con la reina madre, que tomó los hábitos a la muerte de su esposo, se encargasen de la regencia del niño-rey Ramiro. En la toma de posesión había una nutrida representación navarra donde figuraban Fortún Garcés, Iñigo Garcés, García Iñiguez y Velasco Fortún; así como también el presunto asesino de su padre Gonzalo Muñoz y buena parte de los condes gallegos. A Elvira los notarios le dan títulos como de reina, basilea o madrina del rey, mientras que ella le da al rey incluso el titulo de Flavio que llevaron los reyes de Toledo. La agitación en el Reino de León durante los primeros años de reinado fue importante, no solamente en el norte de Portugal y en Castilla, sino que además había cierta agitación en los Campos Góticos Leoneses. Las familias de los Ansúrez y la de los Banu Gómez, dependiendo de las circunstancias, unas veces iban contra León y otras contra Castilla.
En el 968 las naves normandas fueron avistadas en Galicia. Al mando de un caudillo llamado Gunther (Gunderado en las crónicas cristianas) llegaron alrededor de 8000 normandos y cien naves a las tierras del noroeste. Atacaron Galicia y saquearon las tierras del apóstol. El mismo obispo Sisnando, que les salió al paso, fue muerto por ellos en la batalla de Fornelos. Durante todo un largo año se desplazaron por toda Galicia llegando incluso al monte Cebrero. Allí les atajó el conde Guillermo Sánchez, al servicio del rey Ramiro III, quien a golpe de espada les arrojó hacia el mar matando a su caudillo e incendiando un buen numero de sus embarcaciones.
Por otro lado, Castilla actúa cada día con mayor independencia. Cuando en 970 muere el poderoso conde Fernán González completamente desligado del trono de León, le sucede en todas las funciones de gobierno en Castilla y Álava su hijo García Fernández sin intervención alguna del monarca leonés. El gobierno de un niño, aunque regido por mujeres adultas, no facilitó el asentamiento de la autoridad regia, permitiendo o consintiendo sin más remedio, al menos momentáneamente, levantamientos y desastres de insumisión que se tradujeron rápidamente en un alarmante rompimiento de la cohesión social y militar y que llevó a una más suprema y consciente debilidad como bien se demostró entre los años 970 a 973. Así, entre estos años llegan hasta el califa Al-Hakam numerosos magnates desde distintos lugares, tratando de entenderse directamente con Córdoba. Son embajadas de Barcelona, a cuya cabeza iba Bofill, de Pamplona, de León, representada por Aloito, de Castilla, que iba encabezada por García Fernández, y otra embajada enviada por el conde de Monzón, Fernando Ansúrez. Es decir, en el reino y en otros lugares se había producido una constante debilidad y fragmentación y un miedo a las hostilidades que pudieran venir del sur o de otros entornos dominados por los árabes. La ciudad de León y alguna parte de su reino, sin embargo, se mantuvo en un cierto orden gracias sobre todo a su tía Elvira, que por fin pudo imponerse a los magnates del reino, naturalmente contando siempre con el apoyo determinante del clero.
Pero aquellas divisiones de fuerzas cristianas convergieron nuevamente hacia la unidad para dejar de ser monaguillos del califa cordobés y luchar contra los moros. En la frontera castellana, aprovechando la ausencia del gobernador, el conde García Fernández atacó el castillo de Deza y, acto seguido, con la ayuda y el apoyo de su señor, el rey de León, y la colaboración de otros magnates, como el conde de Saldaña y el de Monzón, auxiliados por el monarca navarro, sitiaron en el 975 la fortaleza inexpugnable de San Esteban de Gormaz. La infanta Elvira y su pequeño sobrino, el rey Ramiro, comandaron personalmente el ejercito. Una acción conjunta de las tropas más curtidas del califa acabó en estrepitosa derrota para los cristianos, especialmente para el conde de Castilla que fue perseguido por el general musulmán a lo largo y ancho de todo su territorio.
En 976 muere Al-Hakam, le sucedió en el trono califa el príncipe Hisham II, de once años de edad, hijo de Al-Hakam y de una cautiva de origen vascón llamada Sub, lo que obligó a establecer un consejo de regencia dominado por la gran figura que entonces surgía en el Ándalus: Abu Amir Muhammad Ibn Abi Amir, quien con la protección de la sultana Sub se hizo dueño de la política califal. En 980 Ramiro III alcanza su mayoría de edad por lo que desaparece el nombre de Elvira de los diplomas de la época, pero sigue apareciendo su madre Teresa Ansúrez. A partir de 981, Ibn Amir es arbitro absoluto del califato cordobés por acumulación en su persona de todos los poderes politicos y militares. Inicia también una gran carrera militar contra la cristiandad que la inició eliminado primero al viejo y prestigioso general Galib y despues atacando la frontera leonesa por Zamora, cuyas murallas resistieron el ataque, aunque sus tierras fueron ferozmente saqueadas.
Para contener la invasión musulmana, Ramiro obtuvo la ayuda del conde castellano-alavés y del rey navarro. La coalición cristiana fue derrotada en la planicie leonesa, cerca de Rueda; luego cayó Simancas, y aunque el invierno se acercaba, los ejércitos cordobeses marcharon sobre León, sin lograr penetrar en el recinto amurallado, a pesar de los repetidos asaltos. Es más, en uno de los encuentros con los leoneses, viendo Ibn Amir la desbandada de los suyos, se despojó de su casco de oro y se sentó en el suelo. Este gesto produjo un efecto tan inesperado que sus huestes, deseosas de reparar el primer fracaso, se lanzaron de nuevo contra los sitiados y hubieran entrado en la ciudad a no ser por una fuerte tempestad de viento y nieve que se desencadeno repentinamente. Al regreso de esta gran campaña fue cuando el todopoderoso gobernante y guerrero triunfador tomó el titulo honorífico de Al-Mansur billah (el Victorioso por Allah. Almanzor para los cristianos), que debía pronunciarse en todas las mezquitas del Ándalus después del nombre del califa Hisham II, joven indolente y dominado por sus vicios, manejado a voluntad por Almanzor.
A Ramiro III, sin embargo, las derrotas sufridas contra un incipiente Almanzor le volvieron impopular. Peor aun, los condes gallegos animados también por los repetidos fracasos militares del rey leonés, condujo a un desligamiento de la sumisión a la autoridad de León y a que se entronizara allí a Vermudo II (982) como rey de Galicia, proclamación que se llevó a cabo el 11 de noviembre en Santiago de Compostela. Las desobediencias e irreverencias gallegas, llevaron a Ramiro III a organizar rapidamente la defensa de su trono y así salió con su ejercito al encuentro de los partidarios de su primo Vermudo, lo que evidentemente significaba una nueva guerra civil. La batalla tuvo lugar en Portilla de Arenas, cerca de Monteroso, en la provincia de Lugo, y esta aconteció en el invierno de 982-983. No se sabe realmente cual fue el desenlace de dicha batalla, probablemente en tablas, pero sí que Vermudo, unos meses más tarde (984), logró entrar en León con la ayuda de la mayoría de la nobleza gallega y escoltado por tropas musulmanas.
Después de la derrota de Ramiro III fue abandonado por sus seguidores, refugiándose en la maragata Astorga y allí murió, un 26 de junio del año del año 985. Sus restos, sus restos reposaron primero en Destriana, cerca de Astorga, y posteriormente en San Salvador de Palat de Rey en León. Se casó con Sancha Gómez, con la que tuvo un hijo, Ordoño Ramírez, quien tras la muerte de su padre se refugió en Asturias.

Vermudo II el Gotoso (985-999)

Los cronistas no se ponen de acuerdo a la hora de caracterizar a Vermudo II. Para algunos es prudente y misericordioso, para otros tirano y nefasto. En cualquier caso la historia no le dio oportunidad de demostrar sus cualidades, buenas o malas, pues desde su legítima entronización a la muerte de Ramiro III, se sucederán las rebeliones y ataques musulmanes. Vermudo II tuvo que enfrentarse a dos poderosas y temibles figuras: el árabe Almanzor y el cristiano conde de Saldaña, García Gómez.
Como ya se ha dicho, Vermudo fue entronizado rey de Galicia en el 982 y luchó contra Ramiro III en tierras gallegas con un resultado incierto. Ramiro III regresó a León y Vermudo II estableció su corte en Galicia. En 985, Vermudo ganó para su causa al conde de Castilla y Álava. Por entonces, Ramiro huyo a Astorga y desde aquí pidió ayuda a Almanzor, pero murió antes de conseguirlo. Teresa Ansúrez, madre de Ramiro, intentó entonces que ocupara el trono el hijo de éste, Ordoño Ramírez, contando con el apoyo de los condes de Saldaña y de Carrión, para lo cual también pidió la protección de Almanzor; pero, a la vez que sus enviados, se presentaron en Córdoba los de Vermudo con una mejor oferta, por lo que el caudillo cordobés decidió apoyar a este último. Un ejercito musulmán conquistó León, sometió a los señores opuestos a Vermudo y castigó especialmente al conde de Saldaña. A finales de ese mismo año, Vermudo entró triunfalmente en la capital leonesa escoltado por tropas musulmanas. El Reino de León quedó así sometido al califato de Córdoba y tributario de él. Dueño ya del trono de León, hace un pacto con Almanzor por el que, a cambio de un tributo anual, éste le devuelve Zamora y le promete la ayuda de sus tropas para someter a los magnates rebeldes que desafiaban la autoridad de Vermudo, lo que el monarca leonés consigue a costa de la permanencia en sus dominios de destacamentos militares cordobeses. Almanzor dirige sus actividades bélicas hacia Castilla y Cataluña. En 985, en una devastadora campaña por la Marca Hispánica, conquistó e incendió Barcelona y sometió a cautiverio a la mayoría de sus pobladores.
El monarca leonés se hallaba de hecho sometido al poderío califa. Es por ello que pidió al hájib (equivalente al primer ministro o visir) la retirada de aquellas tropas árabes que permanecían en el reino y que tanto le habían ayudado a mantenerse, pero que ahora consideraba intrusos, por considerar su reino un país ocupado o conquistado; como nunca consiguió que se fueran voluntariamente decidió expulsarlas violentamente, cosa que ocurrió en 986. Esto no gustó mucho ni a gallegos ni a portugueses, con demasiados intereses en sus respectivas zonas de influencia, quienes de todas maneras ya habían recibido la promesa de ayuda de Almanzor, irritado sin duda por la expulsión de sus tropas. Viendo lo que se le venia encima Vermudo pasó a la ofensiva, se adentró en Galicia y aniquiló la sublevación matando y quemando todo lo que se le ponía por delante. A esto sucedió la respuesta de Almanzor que empezó por ayudar a los condes y magnates gallegos y portugueses entre los que figuraban Suero Gundemáriz, Osorio Díaz, Galindo y Gonzalo Menéndez, jefe de la marca portuguesa y dueño de grandes dominios entre el Mondego y el Duero. Es evidente que un error en la estrategia, una subestimación o una prepotencia mal calculada acercaron a las fuerzas galaico-portuguesas a refugiarse en manos de Almanzor, cosa que al final no hizo Suero Gundemáriz porque se sabe que se sometió a la autoridad del rey. En el verano de 987, el Victorioso conquista y arrasa Coimbra, que queda en ruinas durante varios años.
Al año siguiente, el ejercito de Almanzor avanza sobre León destruyendo cuantos castillos, iglesias, villas y monasterios encuentra a su paso. Vermudo deja al mando de la capital al conde Guillén González, mientras él se hace fuerte en Zamora. Pero ni Zamora ni León pueden contener el avance de los ejércitos califales. León es asaltada y saqueada después de una resistencia de varios días en las que dejó la vida el conde defensor de la plaza. Zamora tiene que capitular. Vermudo se refugia en Galicia, mientras Almanzor recorre a sus anchas la gran llanura leonesa. Todo el territorio entre Zamora y León es saqueado por las tropas islamitas, que incendian los monasterios de San Facundo y San Primitivo en Sahagún y el de San Pedro de Eslonza. los atacantes musulmanes encontraron ayuda en algunos magnates enemistados con Vermudo que se presentaron en León, como García Gómez, conde de Saldaña, y Gonzalo Bermúdez, conde de Luna.
Los condes cristianos aliados de Almanzor quedaron dueños de las tierras leonesas conquistadas por los ejércitos musulmanes con la obligación de pagar tributos. El rey Vermudo II dirigió entonces desde Galicia la lucha contra sus enemigos y consiguió apresar a Gonzalo Bermúdez. En tales circunstancias el conde de Saldaña, García Gómez, queda solo, gobernando desde la arruinada capital del reino la mayor parte del país leonés. El conde de Saldaña llega a creer que puede subir al trono de León cuando corre el rumor de la muerte de Vermudo. Pero éste, que había conseguido someter al orden a los condes gallegos, sale de su refugio en Galicia y en 990 vuelve a instalarse en León. Pone en libertad al conde de Luna, le devuelve parte de los bienes que le habían confiscado y le otorga un cargo palatino. Semejante benevolencia ejerce con Menendo García, hijo del jefe de la rebelión en Portugal, que pronto ocuparía el puesto de la máxima confianza de la corte. arniger o alférez del rey. Por entonces, Almanzor dejaba el título de hájib y, como si él fuera el verdadero soberano nombraba su hájib a su propio hijo Abd-al-Málik, a la vez que realizaba una profunda reforma militar en todo el Ándalus. Almanzor era el jefe político y militar indiscutible del califato andalusí, temido por todos losgobernantes cristianos de España, que buscaban su apoyo y su amistad e incluso le entregaban sus hijas. Se había casado con una hija del rey de Pamplona, Sancho II Garcés Abarca, llamada por los cronistas árabes Abda la vascona.
El rey de León sabia que su principal peligro estaba en el interior del reino, y por ello trataba prudentemente de mantener la paz con Córdoba al duro costo que las circunstancias exigían. Almanzor pide a Vermudo II que le entregue como mujer a una de sus hijas y éste le envió a la infanta Teresa, que fue una de las concubinas del Victorioso, a la cual después liberaría y se casaría con ella.
En 997, el todopoderoso caudillo cordobés, firmemente asentado en el gobierno del califato andalusí y dueño de la voluntad del califa nominal Hisham II, emprende su ofensiva más famosa contra la cristiandad peninsular, dirigida al corazón religioso del decaído imperio leonés. En pleno verano, el 3 de julio, sale de Córdoba con un gran ejercito y llega a Viseo, donde se incorporan algunos magnates cristianos desterrados de su país, como los Vela alaveses, el gallego Galindo y el portugués Froila, los cuales, en cumplimiento de acuerdos pactados, aportan su ayuda militar. Sigue hasta Oporto, cruza allí el Duero y continúa hasta el Miño y, cruzando éste, llega hasta Santiago de Compostela. Las tropas islamitas saquean y arrasan la capital gallega, con excepcional respeto por la tumba del Apóstol. Al finalizar el verano, Almanzor regresa triunfalmente a Córdoba llevando consigo gran numero de cautivos y un enorme botín, en el cual iban incluidas las campanas de la basílica del Apóstol y sus puertas, cuya madera fue aprovechada para los techos de las nuevas naves de la mezquita cordobesa. El saqueo de Compostela fue la peor de las destrucciones que Almanzor llevó a cabo en el reino de León, y toda la España cristiana lo resintió por la ofensa religiosa inferida al más venerado de sus santuarios. Vermudo II tuvo que solicitar apresuradamente una tregua, que negoció en Córdoba su hijo bastardo Pelayo. A pesar del abrumador desastre, el rey se mantuvo en el trono leonés.
Los años que siguieron a esta última demostración portentosa de Almanzor, es decir, desde el 997 hasta el final de su reinado, Vermudo II debió pasarlos en Galicia, intentando poner orden en el caos causado por la invasión. Quiso sobre todo comenzar la restauración del templo en el cual él había recibido la consagración real. Asaltado por una grave enfermedad, Vermudo se puso rápidamente en camino hacia la capital regia, o lo que podía quedar de ella. Era un jueves de septiembre de 999 cuando Vermudo II moría mientras atravesaba el Bierzo, siendo enterrado en el monasterio de Villanova.
Sampiro, obispo de Astorga y cronista que trabajó de notario en su corte nos dice que murió de muerte natural. Mientras que el también cronista, el obispo de Oviedo Pelayo, asegura que estaba de tal manera impedido de la gota que sufría, que debía de ser transportado a hombros de villanos. Él fue quien acuñó sobre Vermudo el apodo de Podógrico o Gotoso. Sampiro nos parece más creíble, no solo porque trabajaba dentro de su corte, sino porque de él y de sus escritos trasciende siempre más equilibrio y serenidad. También cuenta que Sampiro fue contemporáneo de Vermudo, en cambio el cronista Pelayo vivió siglo y medio después.
Vermudo II se casó en 981 con la infanta Doña Velasquita, con quien tuvo una hija, la infanta Cristina. Posteriormente, en noviembre de 991, contrajo nuevo matrimonio con Doña Elvira, con quien tuvo dos hijos, Alfonso, quien sería su sucesor, y la infanta Teresa.

Alfonso V el Noble o el Restaurador (999-1028)

A la muerte de Vermudo II le sucedió en el trono su único hijo varon de cinco años de edad Alfonso V. Fue ungido rey el 11 de octubre de 999 en la iglesia (más tarde catedral) Santa María de León*. Son principales personajes de la nueva corte leonesa su madre, Elvira García, el gran conde (comes magnus) Menendo González y Sancho García de Castilla y Álava, que hubiera querido ejercer la regencia pero, como castellano, es mirado con recelo por los leoneses. En tales circunstancias, Menendo González es nombrado tutor y protector del joven rey ya que puede asegurar la lealtad a la corona de las grandes familias de la Galicia portuguesa, que cada día crecen en importancia y ambiciones personales. Menendo, nada más estrenar la tutoría, mandó repoblar Zamora haciendo frente a las tropas de Almanzor que estaban situadas en las plazas principales fronterizas del Duero, aunque bien era cierto que ya eran los últimos años del caudillo arabe y empezaban a asomarle las flojeras de la senectud. Por aquel tiempo, Pelayo Vermúdez se hallaba en la corte cordobesa renovando antiguos pactos con los musulmanes, lo que pudo asegurar al territorio leonés algunos años más de paz tan necesarios después de tanta desolación y tanta ruina, pero que, sin embargo, era aprovechada especialmente por Castilla, para afianzarse más en territorios ajenos, coger, usurpar o quitar lo que era de otros. De ahí las rebeliones internas y grandes extensiones y plazas ocupadas por los castellanos, a la cabeza de todos ellos el conde Sancho I García de Castilla, aprovechandose de la debilidad de León y de la minoridad del rey hicieron suyas y para Castilla las tierras comprendidas entre los ríos Cea y Pisuerga, cambiandole incluso el nombre. Lo que eran Campos Góticos Leoneses pasaron a llamarse, décadas más tarde, Campos de Castilla y posteriormente Tierra de Campos.
A comienzos del año 1002, Almanzor se preparó, siguiendo su costumbre anual, para romper la frontera cristiana, dirigiendo sus ataques hacia León. Uno de sus objetivos fue el monasterio de San Millán de la Cogolla, que fue totalmente arrasado. Almanzor ordenó que se sumara a su hueste un considerable contingente de tropas norteafricanas con las que se encontró, según lo acordado, en Toledo. Desde allí partieron hacia la ribera del Duero, en cuyas proximidades causó estragos y cuyas tierras devastó. Desde allí, remontó el curso del río para penetrar ya directamente en tierras de León. Más un enorme ejército cristiano formado por huestes leonesas del conde Menendo González, castellanas del conde Sancho I García y navarras del rey Sancho Garcés III el Mayor le sorprendió acampado cerca del castillo llamado del azor (Qalat-al-Nasur, Calatañazor para los cristianos). Almanzor atacó esta hueste a la cabeza de sus propias tropas y fue derrotado, con grandes pérdidas. Antes de sufrir un mayor descalabro, aprovechando las horas nocturnas, Almanzor y los musulmanes se retiraron en silencio del campo de batalla. De regreso de esta expedición, se sintió enfermo, pero continuó haciendo la guerra a los infieles y devastando su territorio hasta que la dolencia se complicó de tal manera que tuvo que ser transportado en una litera, sobre suaves cojines y cubierto por un baldaquino y cortinas que le protegían de la vista de su ejército. En tal estado llegó a Medinaceli. Allí los médicos analizaron la naturaleza de su mal, pero, incapaces de ponerse de acuerdo en un diagnóstico y menos en el tratamiento oportuno, la enfermedad se agravó lo suficiente para provocarle finalmente la muerte la noche del 10 al 11 de agosto de 1002. Actualmente se sabe que la batalla librada en Calatañazor entra dentro de las leyendas. Es un falsedad histórica y en ella hemos de ver tan solo un símbolo y el gran viaje hacia la recuperación de los reinos cristianos. La verdadera batalla en la que se basa la leyenda es la que se produjo en Cervera en el año 1000, en la que apunto estuvieron los cristianos en vencer al caudillo musulmán.
A la muerte del poderoso Almanzor, es investido oficialmente Abd-al-Málik en el cargo de hayib el 11 de agosto del 1002. Por otro lado el conde Menendo González cree llegado el momento oportuno para salvar el reino de León del dominio cordobés y se declara libre de todo lo pactado con el difunto caudillo califal. Pero Abd-al-Málik responde lanzando rápidamente contra él su primera campaña militar. Los ejércitos islamitas avanzaron por dos frentes: uno, por Portugal, hacia el Miño; otro, a través de la llanura leonesa, directamente hacia la urbe regia. El conde de Saldaña y el de Castilla y Álava ayudaron al rey. El de Barcelona, Borrell III, por propia iniciativa había roto la tregua concertada con Almanzor. A comienzo de 1003 se firma la paz entre Córdoba y León.
La superioridad musulmana lo era en todos los ordenes, cultural, económica y política. Como ya se ha dicho, el conde gallego Menendo González se hizo cargo de la tutoría del rey junto a su madre Elvira hasta la mayoría de edad, pero también estaba interesado en ella el conde castellano Sancho García. Los cronistas musulmanes nos dicen que ambos enviaron a sus emisarios a la capital califal para que el hijo de Almanzor dirimiese esta disputa. Parece ser que Abd-al-Málik declinó la invitación y les envió al juez de los cristianos en Córdoba, Asbag, para que resolviese esta espinosa cuestión. La disputa se declinó del lado del conde gallego, en la que Menendo González sería de ahora en adelante el único tutor de Alfonso. A partir de este momento hubo un corto periodo de paz supervisado por parte cristiana por el hijo del conde gallego, Ramiro Menéndez, jefe de los ejércitos leoneses. En 1005, un ejercito cordobés arremete contra el reino de León con el auxilio del conde de Castilla. Los invasores avanzan por los altos valles de la cordillera astur-leonesa hasta cerca del limite con Asturias y toman el castillo de Luna, donde los monarcas leoneses acostumbraban guardar el tesoro real. Al mismo tiempo, otras tropas califales devastan la comarca de Zamora, ciudad que seguía en ruinas desde 988. En 1007, una nueva coalición de leoneses, castellanos y navarros, dirigida por Sancho García, es derrotada en tierras de Castilla por Abd-al-Málik, cuyas tropas arrasan Clunia. Los cronistas musulmanes llamaron a esta expedición veraniega con el nombre de la Victoria. Con motivo de esta victoria, Abd-al-Málik recibió del califa el titulo de Al-Muzaffar (el Triunfador). Al año siguiente los ejércitos califales atacan nuevamente el condado castellano-alavés, pero el recién honrado Al-Muzaffar sufre su primera derrota, que también sería la última, pues murió de una grave enfermedad en el otoño de ese mismo año.
Menendo González, tutor del rey, muere asesinado el 6 de octubre de 1008 en un pueblo de Portugal llamado Avenozo. Entonces el conde de Castilla y Álava Sancho García se declara protector del rey de León, con el propósito de extender su influencia y realizar a la vez sus aspiraciones a las tierras leonesas del Cea y el Pisuerga.
Muerto prematuramente Abd-al-Málik no surgió en todo el al-Ándalus un hombre de prestigio y habilidad suficiente para hacerse con todos los resortes del poder. Su sucesor y hermano Abd-al-Rahman llamado Sanchuelo, hijo también de Almanzor y de la navarra Abda, era irreverente con la religión, de talento mediocre, vanidoso y de vida desordenada, no supo hacerse con el ejercito y el pueblo de Córdoba no lo miraba con buenos ojos. Con él se inició en el califato una era de graves disturbios que iban a asumir a al-Ándalus en el caos, revueltas y luchas civiles, la llamada fitna. Con huestes principalmente bereberes, Sanchuelo salió de Córdoba en pleno invierno de 1009 para atacar el condado castellano. A ella se unió un conde cristiano de estirpe de los Beni-Gómez que buscaba apoyo contra el conde de Castilla, Sancho García. Pero en las cercanías del Duero, los fríos y los extremos rigores los vencieron sin que los leoneses tuvieran que moverse de su sitio. Apenas cuatro meses duró el gobierno de Sanchuelo. Su muerte es una incógnita, fue encontrado asesinado en una iglesia o monasterio de Córdoba junto al Guadalmellato el 3 de marzo de 1009. Los bereberes descontentos con la situación reinante en el al-Ándalus se alían con el conde de Castilla, para imponer un califa de su agrado. Por lo tanto, ahora es Sancho García quien manipula la política cordobesa y sus tropas, aliadas con los bereberes, entran en la gran mezquita cordobesa y proclaman califa a Sulaymán.
Sobre este año comenzó realmente el reinado de Alfonso V cuando precisamente el condado de Castilla y Álava afirmaba su existencia como estado independiente bajo el gobierno de Sancho García. Este conde castellano vascongado era un admirador de la esplendorosa cultura cordobesa, tenía en su corte cantadoras y bailarinas andaluzas enviadas por el califa cordobés y en su palacio se celebraban fiestas a la manera de los palacios cordobeses, e incluso vistió a veces a la usanza musulmana. Hacía tiempo que Sancho García venia procurando la expansión de su influencia por tierras del Pisuerga y el Cea a costa de su sobrino Alfonso V. Todavía mantenían buenas relaciones el conde castellano y el rey leonés, probablemente por la amistosa mediación de la reina madre; pero al retirarse esta se manifestó la hostilidad de Sancho hacia Alfonso, quien atacó con el apoyo de los condes leoneses rebeldes al rey. Las intrigas y luchas internas contra la corona y contra el reino continuaron unos años hasta practicamente la muerte de Sancho en 1017.
En el mes de junio de 1015 una expedición normanda penetró por el Duero depredando cuanto encontraban a su paso y haciendo cautivos en las comarcas situadas entre este río y el Ave. Así estuvieron haciendo durante nueve meses. Los normandos al retirarse hacia su tierra penetraron por la desembocadura del Miño y devastaron también esta zona, llegaron a Tuy e incendiaron la ciudad, haciendo prisionero a su obispo. Alfonso V tuvo que hacerles frente con su ejercito, arrojándolos de las tierras leonesas, y como dijo él, con la ayuda de la gracia divina.
Expulsados los normandos de Galicia pudo Alfonso V dedicarse a la labor de reorganización del reino que estaba sumido en un gran desorden económico, social y político. Uno de los aspectos más alavados por los cronistas de su tiempo fue la gran labor legislativa que hizo, tendentes a asegurar el normal funcionamiento de las instituciones políticas del reino y a ordenar la vida social de los territorios. Esa obra se encuentra reflejada en el llamado Fuero de León. El Fuero de León se caracteriza por tener las primeras leyes territoriales de la España medieval, bastante anteriores a los Usatges de Barcelona. Comprende dos partes claramente definidas: las leyes generales para todo el reino y el fuero de la ciudad de León propiamente dicho, en la que también podemos distinguir una parte que hace referencia a la repoblación de la ciudad y otra que tiende a asegurar su aprovisionamiento. Estos textos solían terminar con una serie de cláusulas penales inspiradas en los formularios de los documentos pontificios, lleno de amenazas anatematizantes. Pero en el Fuero de León no sólo se amenazaba con la eterna condenación y otras iras divinas, sino también con muy graves castigos corporales. Estas leyes surgen del Palatium del monarca, centro de la autoridad política, administrativa y judicial. Este Palatium celebra dos clases de reuniones: una restringida, integrada por los magnates y eclesiásticos que actuaban como consejeros habituales del rey, y otras más amplias como las que se celebraron, una el día 30 de julio de 1017 y otra el 1 de agosto de 1020. El Fuero de León es un documento de importancia trascendental que marca un hito no ya en la legislación antigua, sino en que a todos los leoneses nos hace sentir ser pioneros en adelantos y modernismos legislativos, en pautas y reglas, en organización civil. Por dicho motivo, también suelen llamar a Alfonso V, el de los buenos fueros.
En el año 1018 Alfonso visita Asturias para asegurar allí el orden y las leyes. En el invierno de este año visita el monasterio de Sahagún, de mucha importancia para el monarca, pues le aseguraba el dominio de las orillas del Cea hasta Castilla. En el año 1020 se traslada a Galicia para otorgar bienes a iglesias y monasterios. Por aquel tiempo el rey de Navarra Sancho el Mayor estaba llevando a cabo una política agresiva de anexiones y de expansión a costa de los otros reinos peninsulares. Entre Alfonso y Sancho el Mayor hubo un acercamiento debido a que Alfonso eligió como nueva esposa a Urraca, una de las hermanas de Sancho. La ceremonia se celebró, no sin dificultades de parentesco, en el segundo semestre de 1023.
Alfonso V una vez libre de sus ocupaciones internas, asegurada y reconocida su autoridad en todo el reino, se va a lanzar a la reconquista haciendo uso del mandato del Fuero que decía: de igual modo, los que solieron ir al fonsado con el rey, con los condes o con los merinos, vayan siempre según la costumbre. Organizó una expedición hacia el territorio de Portugal con la intención de ir recuperando territorio ganado por los musulmanes en tiempos de Almanzor. Su intención era dirigirse primeramente a Viseo y después a Coimbra. Apenas puesto cerco a la ciudad de Viseo, el rey quiso inspeccionar personalmente el terreno, para lo cual un día que hacia mucho calor, salió imprudentemente sin coraza a recorrer el campo para ver por donde sería más fácil el ataque, cuando una flecha disparada por un certero ballestero que le observaba, le atravesó las costillas hiriéndole de muerte. Cuando en 1055 su suegro Fernando I conquiste Viseo mandará que a este ballestero le saquen los ojos y le corten los pies y las manos.
Su cuerpo fue trasladado a León y sepultado en la iglesia de San Juan Bautista y San Pelayo donde el monarca había querido descansar junto a los restos de sus antepasados. Alfonso había restaurado este monasterio y construido una capilla con materiales pobres, barro y ladrillo, para albergar los restos de sus antepasados trasladados de la iglesia de San Salvador de Palat de Rey y de otras iglesias y lugares. Este monasterio aparece ya con el nombre de San Juan Bautista y San Pelayo en torno a 1028 cuando llega de Roma la supuesta mandíbula de san Juan Bautista. Más adelante cuando lleguen los restos de san Isidoro, cambiará su nombre por el del santo obispo sevillano. Aquí fue enterrado Alfonso y sobre su sepulcro escribieron: Aquí yace el rey Alfonso, que pobló León después de la destrucción de Almanzor, y le dio buenos fueros, e hizo esta iglesia de barro y ladrillo. Hizo guerra a los sarracenos y fue matado por una flecha en Viseo en Portugal. Fue hijo de Vermudo Ordóñez. Murió el 5 de mayo de la Era 1065**. Alfonso V había sido un fiel heredero de la idea imperial, era el emperador, como le llamó el abad Oliva, representante de los más altos intereses de la colectividad, heredero del viejo sentido visigótico de imperium.
Casó primero en 1013 con Elvira Menéndez, con quien tuvo tres hijos: Sancha, Vermudo y Jimena. A la muerte de Elvira, el 2 de diciembre de 1022, se une en matrimonio con doña Urraca Garcés.

  * Otras fuentes afirman que fue ungido el 11 de noviembre en el castillo leonés de San Salvador.
** Fuentes más cercanas a la familia afirman que el rey murió el 7 de agosto de la Era 1066. Para saber lo que es la Era Hispánica y así datar correctamente los documentos de esta época, vean la aclaración que doy al final del texto del Fuero de León.

Vermudo III (1028-1037)

Cuando Alfonso V muere hereda el trono su hijo de once años, Vermudo. La monarquía hereditaria se había impuesto en el reino leonés y nadie le discutió el trono. Al estar consolidado la trasmisión del poder regio de padres a hijos varones, hizo que Vermudo fuera el nuevo rey y no su hermana Sancha de León, que era mayor. Sin embargo, la tutoría recaía en las mujeres, que en este caso, lo detenta su madrastra Urraca, hermana de Sancho III de Pamplona. Este hecho iba a ser un condicionante muy importante para el desarrollo de la política de estos años, ya que los deseos expansionistas del rey navarro le iban a permitir contar con personas adeptas dentro de su propio reino leonés.
Por otra parte el condado de Castilla estaba gobernado por un consejo de regencia que actuaba en nombre del infante García Sánchez, hijo de Sancho García. Muerto Alfonso, el joven conde castellano pone sus ojos en la infanta Doña Sancha de León, hermana de Vermudo, para contraer matrimonio, con el cual se producía un acercamiento a la corona leonesa. En la corte de León fue bien recibido el proyecto y conforme a los deseos castellanistas los condes llevarían el titulo de reyes. El conde García se dirigió a León acompañado de Sancho el Mayor, rey de Pamplona. En Monzón fue recibido con todos los honores por el conde Fernán Gutiérrez. Al llegar a León, García se dirigió a Trobajo, mientras que Sancho de Pamplona lo hacía en el exterior de la ciudad a una mayor distancia. Deseoso de ver a su futura esposa, se internó en León con cuarenta caballeros. Mientras los novios hablaban cerca de la iglesia de San Juan Bautista, hoy San Isidoro, llegaron de las Somozas Iñigo y Rodrigo Vela con sus gentes y, después de provocar una discusión, mataron a varios caballeros castellanos, acometieron al joven conde y lo asesinaron. Era el martes, 13 de mayo del 1029. Siempre se ha pensado que detrás del crimen del joven García estaba Sancho de Navarra. Cuando el rey navarro se enteró de lo ocurrido, cogió el cadáver del desafortunado infante y lo llevó a enterrar al monasterio de Oca. Como cuñado del conde de Castilla tomó posesión del condado en nombre de su mujer Doña Mayor, nombrado luego, en el año 1032, a su hijo Fernando Sánchez como conde. Ahora es cuando Sancho emprende una expansión hacia la capital leonesa, ayudado por los condes de Monzón y Saldaña, ocupando en primer lugar los codiciadas tierras de los Campos Góticos Leoneses. Esta tragedia histórica viene relatado en una de las piezas más importantes de la epopeya castellana, el Romanz del Infant García. En el año 1032 Vermudo III ya es mayor de edad por lo que ya toma sus propias decisiones. Ve con malos ojos el acercamiento de Sancho hacia la capital leonesa por lo que se prepara para la agresión. A finales de año, sin embargo, se establece un pacto de amistad que durará poco. Doña Sancha, la prometida del conde García, contraerá matrimonio con Fernando, llevando en dote las tierras comprendidas entre el Cea y el Pisuerga, los llamados Campos Góticos Leoneses; el propio Vermudo se casará con Jimena, hija de Sancho García, echando de la corte a la navarra Urraca, su madrastra. Las hostilidades entre Vermudo y Sancho no tardaron en llegar. Los años 1032 a 1034 serian duros para el monarca leonés, pues Sancho se estaba acercando peligrosamente a la capital leonesa. Se apoderó primero de Zamora y después de Astorga, donde puso como obispo el cronista de reyes Sampiro, y por último León, proclamándose posteriormente emperador. Mientras, Vermudo, viendo esta situación, se refugió en Galicia.
Muy difícil debió de ser entonces la situación de Vermudo III refugiado en la lejana Galicia, donde se defendió con los recursos que tuvo a mano, entre ellos el de hacer concesiones a los magnates gallegos, como las que arrancó el obispo de Lugo para constituirse en dueño y señor de la ciudad y de su comarca. Efímero fue el imperio de Sancho el Mayor en la urbe regia leonesa. A finales de 1034, Vermudo III, desde Galicia, avanza hacia León con un gran ejercito de leoneses y gallegos. No se sabe ciertamente lo que ocurrió, pero es un hecho indiscutible que a comienzos de 1035 tuvo que abandonar la ciudad de León y, después, rebasar hacia oriente no solo el Cea sino también el Pisuerga, perdiendo en poco tiempo todo el territorio que, con astucia política y acierto militar, había logrado conquistar en las llanuras leonesas del Duero desde la muerte del infante García. Murió pocos meses después.
Tras esta rápida victoria, Vermudo III recobra el trono de León. Reinstalado en él, se siente más firme que nunca. Reanuda en cuanto puede la lucha antimusulmana y el mismo año en que recupera la capital obtiene una importante victoria contra los sarracenos en Portugal. Está firmemente dispuesto en defender el trono leonés y, con él, la fértil tierra de los Campos Góticos Leoneses, que después de tantas luchas y adversidades había logrado rescatar. A comienzos de 1036 se hallaba en la prestigiosa abadía de Sahagún, en compañía de su mujer, de su hermana Sancha, de los Beni-Gómez y de los principales magnates de la llanura que poco antes habían ayudado al invasor navarro. Todos ellos estaban allí para tratar el asunto de las tierras comprendidas entre el Cea y el Pisuerga, siempre cuestión de discordias. El conde castellano alega que el rey las había prometido a Fernando como dote cuando contrajo matrimonio con Doña Urraca.
Fernando decide tomar con las armas la codiciada tierra entre el Cea y el Pisuerga. Sabiéndose sin fuerzas, pide ayuda a su hermano mayor el nuevo rey de Pamplona, García y juntos se dirigen al río Pisuerga, límite de León con Castilla, cerca de un pequeño poblado llamado Tamarón. Era el 1 de septiembre de 1037. De lo que ocurrió allí nos lo cuenta la crónica Silense con estas palabras: Fernando y su hermano García, congregando las haces de los más fuertes guerreros, al avanzar contra el ejercito invasor, se encuentran al enemigo que había atravesado la frontera de los cántabros. Ya los dos ejércitos se miraban retadores con las armas deslumbrantes, cuando Vermudo, lleno de audacia y de osadía, clava el aguijón de la espuela a su famoso caballo «Pelagiolo» y, ansioso de lucha, parte con rápida carrera, tensa la danza, entre las apretadas filas del enemigo; pero la muerte acerba, a quien ningún mortal puede vencer, le echa por tierra en aquel impetuoso galopar, mientras el feroz García y Fernando arrecian en la lucha, cayendo en torno a él siete de sus más fuertes guerreros.
Muerto Vermudo el conflicto quedaba resuelto ya que Fernando anexionó el condado de Castilla al reino de León por primera vez en la historia gracias a su condición de esposo de Sancha de León, y a que el rey Vermudo III había muerto sin que le sobreviviese ningún descendiente. Tuvo Vermudo, no obstante un hijo, llamado Alfonso pero el bebé príncipe debió morir a los pocos días de su nacimiento, en 1030. Al recaer la corona de León sobre Sancha y ésta estar casada con Fernando, conde de Castilla, y al ser las mujeres entonces un cero a la izquierda, produjo una novedosa y sin par situación que otorgaba a Castilla un nuevo status en su afirmación como reino. Sin embargo, los magnates no ceden fácilmente y Fernando Laínez, conde gobernador de León, se niega a entregar la capital. Esta situación se mantuvo hasta la primavera de 1038 cuando ambos Fernandos llegaron a un acuerdo, según el cual Fernando Sánchez sería reconocido como legítimo rey de León y Fernando Laínez continuaría como gobernador de la capital del reino al servicio del nuevo monarca, que en el mes de junio entra en la ciudad imperial rodeado de caballeros castellanos y leoneses. Así se unieron, por primera vez, León y Castilla bajo el gobierno del navarro Fernando Sánchez, que reinó con el titulo de Fernando I de León y Castilla.


Reino de León a principios del siglo XI

www.catedralesgoticas.es